jueves, 24 de agosto de 2017

“EL AMOR, LO FEMENINO Y EL EXTRAVÍO”

Ensayo presentado en el Instituto Clínico de Buenos Aires. Año 2017
Florencia Borgoglio




 […] “En el fondo, la mujer hace objeción a Hegel.  Por algún rasgo, por algún sesgo, por alguna parte, la mujer se rehúsa al juego de malabar de la dialéctica.  Es algo admitido desde siempre: se rehúsa a entrar en razones” J-A Miller, 2011. Curso Inédito. “El ser y el Uno

Introducción

Freud piensa la femineidad en términos fálicos, por el lado del tener. Lacan piensa primero lo femenino en la línea de Freud, por el lado del tener y luego, por la vertiente del ser.
El goce femenino hace a la mujer no- toda fálica, no toda en el goce fálico. Habitada por un goce que se caracteriza por ser suplementario, sin límite, infinito y que no la nombra.
¿Cuáles son las consecuencias clínicas de estas conceptualizaciones?. Si el amor tiene una función de nominación de aquello que es innombrable en la mujer: ¿qué sucede en algunas cuando pierden ese amor, cuando pierden esa condición de ser la elegida, la que sale de la serie, la única para su partenaire?
A través de mi experiencia en un Neuropsiquiátrico de Seguridad femenino, éstas y otras preguntas se me formulan.
Mujeres que matan a sus cónyuges y a sus hijos pueblan el espacio. Mujeres que sufren el haber sido “locas de amor”, de haber enloquecido por el amor de un hombre, de haber sufrido por ello, de haberlo perdido todo.
Cada una con su historia, con su singularidad, me relatan día a día, aquello que fue el fin de su vida como la conocían hasta ese momento, para luego convertirse en el desierto del encierro.
Me interroga la función estructural que tiene el amor para una mujer, la relación entre mujer y madre. Me formulo preguntas sobre el extravío, sobre lo que Miquel Bassols llama el “sin borde” (Bassols, 2017, p. 19), el captarse a sí misma como atravesada por una alteridad que se envuelve a sí misma, sin detenerse en ningún límite, sin posibilidad de bordearse. Es una alteridad que se desplaza más allá de todo límite. Si hay bordes, estos son sin una frontera definida.
 Entre centro y ausencia, decía Lacan, en una trayectoria elíptica describe Bassols, entre el falo como centro y el goce del Otro como punto ciego, el goce que haría falta que no o que no hace falta.
… “ Entre centro y ausencia, entre el centro simbolizado por el falo y la ausencia más radical, la que se produce especialmente en la soledad del goce femenino, cuando el sujeto queda confrontado en su propia ausencia, una ausencia elevada a la segunda potencia”…(Bassols, 2017, p. 23)
Me interroga, asimismo, la violencia que soportan estas mujeres extraviadas en su goce. Cómo aparece en cada caso, en los partenaires masculinos la intención de borrar las diferencias, el rechazo de la alteridad, el rechazo de lo femenino, a través de la violencia verbal o física. Y ellas callan, soportan, relatan que necesitaban de “la presencia”, de “la seguridad” de “las palabras”.
 Como aquélla María Teresa del corto cinematográfico “Ni una sola palabra de amor”[1] que reclamaba desesperadamente al contestador automático: “Enrique habláme, decíme algo”, palabras en las que se traslucen la tendencia al infinito, su carácter de absoluto y el imperativo de la demanda de la palabra de amor para una mujer.
¿Es siempre un estrago el amor para las mujeres?, con sus variaciones y grados posibles, ¿es invariablemente de esa manera? Pensado desde la etimología, ya presenta las paradojas que puede representar el “ravage” en la vida de una mujer, desde un arrobamiento, pasando por un rapto, hasta una devastación.
Me pregunto si habrá una posición del analista que convenga a una vía menos estragante en la relación con el Otro sexo, una posición en la cual la mujer tome al hombre como relevo, para ser  “Otra para sí misma como lo es para él” (Lacan, 1958, b), una posición en la cual el goce superyoico de la privación, el “dar todo” para hacerse un ser, no las exponga al estrago y a la devastación.
Todas estas preguntas son las que guían este trabajo. Intentaré responder algunas de ellas con la lectura acerca de cómo pensaron la femineidad Freud, Lacan, Jacques Alain Miller y otros autores.
Luego, a través de tres viñetas clínicas, ilustraré algo de lo pensado. La elección de las mismas fue a través de la serie amor- extravío – femenino que guía este trabajo.
Finalmente y a modo de conclusión, trabajaré una articulación entre las viñetas clínicas y la teoría.

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El amor y lo femenino en Freud

Hombres y mujeres

En la teorización Freudiana, el sexo y el objeto no están determinados por el destino anatómico, sino que dependen de la posición que el sujeto tome en relación a ello, según los avatares de su historia.
Freud distingue 3 sentidos de los términos masculino y femenino:
·         Biológico: que distingue el espermatozoide del óvulo y sus funciones
·         Sociológico, que se ocupa del comportamiento
·         Psicoanalítico, en que se los emplea en el sentido de actividad y pasividad respectivamente.
El psicoanálisis plantea que la femineidad y la masculinidad no pertenecen a un dato de la naturaleza. La sexuación no está dada por la diferencia real anatómica, sino por diferentes posiciones frente a la castración, frente a la acción del Otro sobre el sujeto.
La femineidad fue, en el camino teórico de Freud, una cuestión con numerosos avatares guiados por la pregunta: ¿Cómo accede una mujer a lo femenino? El devenir mujer es algo que ocupa a Freud en toda su obra.
 Sitúa la femineidad como misteriosa y enigmática, por eso la llamó “Dark Continent” (continente oscuro). Las diferentes figuras de lo femenino se constituyen a partir de la tensión entre lo singular de una mujer y el ideal que se propone para todas, entonces, lo propio de lo femenino parece no dejarse encuadrar en las generalizaciones que él elabora y reformula durante las primeras décadas de su obra.
Los “Tres ensayos de teoría sexual” (Freud, 1.905) marcan un comienzo de elaboración que continuará hasta los años 30.

Amor y sexualidad

Freud comienza sus desarrollos acerca de la sexualidad en los “Tres ensayos de teoría sexual”.  Distingue la sexualidad del amor. La sexualidad, queda en la vertiente de la pulsión en la que se aloja la libido y el amor queda enlazado al concepto de narcisismo.
La pulsión, concepto límite entre lo orgánico y lo psíquico, no responde a una lógica inscripta en un programa genético y es una fuerza constante. Esta estimulación produce la excitación sexual que convierte al órgano en una “zona erógena”, borde del cuerpo en el que se aloja la libido; ésta como energía sexual no se confunde con la pulsión.
En la elección de objeto no hay nada preestablecido ni biológicamente programado, sino que está en relación a la posición sexuada.
En el texto ya mencionado de 1905 Freud postula que la libido es masculina en el hombre y en la mujer  y que la pulsión es siempre activa aún en aquéllos casos en que su meta es pasiva. De allí concluye que la sexualidad de la niña tiene un carácter masculino.
Luego entonces, de la postulación de la libido como masculina, Freud establece en su texto “Introducción del Narcisismo” (Freud, 1914) dos tipos de libido, la libido que se vuelca sobre el yo constituye la libido narcisista, la libido objetal se desplaza de un objeto al otro y permite que los objetos se vuelvan amables. Cuando un sujeto se desprende de su objeto de amor, la libido vuelve sobre el yo o sobre sus objetos fantaseados.
En ese artículo, Freud se pregunta ¿por qué se sale del narcisismo y se pone la libido sobre los objetos? Y allí incursiona sobre la vida amorosa del ser humano, señalando la diferencia entre hombres y mujeres respecto de lo que él designa como distintos tipos de elección de objeto. Describe el tipo de apuntalamiento, según el cual las pulsiones sexuales  se apoyan en la satisfacción de las pulsiones yoicas, premisa que se corresponde con la idea que el niño elige como primeros objetos a las personas encargadas de su crianza, esto es, la madre o su sustituto y, por otro lado, el tipo llamado narcisista que no elige al objeto de amor según el modelo de la madre sino según el de su persona propia.
Señala Freud que todo ser humano tiene abiertos ambos caminos para la elección de objeto, pudiendo preferir uno o el otro. El narcisismo primario presente en todo ser humano puede, eventualmente expresarse en modo dominante en su elección. Pero al mismo tiempo sostiene:
“[…] El amor completo al objeto, conforme al tipo de apoyo, es característico del hombre. […]Esta hiperestimación sexual, permite la génesis del estado de enamoramiento, tan peculiar, y que tanto recuerda la compulsión neurótica, estado que podremos referir, en consecuencia, a un empobrecimiento de la libido del yo en favor del objeto.”(Freud, 1914, 2025)
En la mujer, aclara Freud, la forma que presenta el tipo predominante es diversa. Se establece en ella una complacencia consigo misma que es signo de un acrecentamiento del narcisismo originario en la pubertad, el cual resulta desfavorable para constitución de un objeto de amor con todas las reglas, es decir dotado de sobreestimación sexual.
En ese caso:
“[…] Las mujeres, no necesitan amar, sino ser amadas, y aceptan al hombre que llena esta condición. (Freud, 1.914, 2025)
La mujer busca las palabras del hombre que la hagan sentir amada y el hombre busca en la mujer ese objeto causa que ella representa por encarnar imaginariamente, su narcisismo perdido. El amor, es entonces, el camino de regreso al narcisismo.
En cuanto a la elección de objeto, cabe destacar que por la incidencia del lenguaje en el ser humano, el objeto que satisface está perdido en la primera experiencia de satisfacción. De esta manera, la madre como objeto primordial se desdobla y, a partir de la falta radical de objeto, se produce una elección que, dentro de una misma serie, conserva las condiciones de amor específicas.
En los desarrollos Freudianos, el autoerotismo queda del lado de la pulsión y el narcisismo del lado del amor.
En el artículo “Enamoramiento e hipnosis” (Freud, 1920, b), Freud retomará sus desarrollos sobre el amor, sosteniendo que lo que él llama amor tiene que ver con las pulsiones sexuales de meta inhibida y no con la satisfacción sexual directa.
Es una característica del enamoramiento la sobrestimación sexual del objeto, la cual está en la base de la idealización que, dice Freud, falsea el juicio del sujeto.

La sexualidad infantil

En 1905, Freud plantea la sexualidad infantil como masturbatoria y cuyo modelo es el chupeteo. En líneas generales plantea la sexualidad como bifásica: en la pubertad se producen modificaciones debidas al desarrollo de los caracteres sexuales secundarios y a la posibilidad de reproducción que determinan la elección de objeto.
Freud escribe entre 1908 y 1913 varios artículos en los que se interesa por el erotismo anal. En estos textos y a través de diferentes matices, se va a producir un deslizamiento de lo genital a una concepción más amplia de la sexualidad.
En “La cabeza de Medusa” (Freud, 1922) Freud analiza el símbolo mitológico del horror en términos de castración de la madre.
En el artículo “La organización genital infantil” (Freud, 1923), hay una torsión radical en la teorización freudiana. Se presenta como complementario a “Tres ensayos…. Aquí plantea la instauración bifásica de la sexualidad: niñez y adultez y de una organización genital en lugar de la pregenital. Del primado genital se pasa al primado del falo, puesto que para ambos sexos, solo desempeña un papel un genital, el masculino.
Prevalece la teoría del universal fálico. El complejo de castración toma su significatividad esencial a partir de la fase del primado del falo. Frente a la diferencia sexual, el niño rechaza creer en la percepción por diferentes motivos. Solamente cuando la castración toca a la madre, se instaura el complejo de castración y se produce a través de esto una resignificación de las pérdidas anteriores (destete, heces, nacimiento) en términos de castración.
A partir de esto se instaura el par fálico- castrado.
Las teorías sexuales infantiles son ficciones que se elaboran a partir de un agujero en el saber, en “Tres ensayos sobre teoría sexual (Freud, 1.905), Freud relaciona ese agujero, esa hiancia en el saber con la procedencia de los niños. En su artículo “Algunas diferencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica” (Freud, 1925), Freud modifica esa concepción e indica que la pregunta primordial para cada sujeto es relativa a la diferencia entre los sexos.


La sexualidad femenina

Desde el comienzo y hasta el final de su obra, Freud sostiene la vía del falo para pensar la sexuación, tanto para el hombre como para la mujer.
Es en las coordenadas del complejo de castración y el complejo de Edipo como Freud piensa la disimetría sexual basada en la evidencia imaginaria del cuerpo que permite situar así dos valores diferenciales: Fálico/ castrado.
En 1905, Freud indicó el carácter masculino de la sexualidad en la niña y el pasaje necesario del clítoris a la vagina, como expresión del pasaje de la masculinidad a la femineidad. En 1909 señaló la relación entre la envidia del pene y el complejo de castración.
La primera reformulación completa que Freud plantea acerca de la sexualidad femenina se encuentra en el artículo “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica” (Freud, 1925). Un año antes en “El sepultamiento del complejo de Edipo (Freud, 1924) comienza a hacer hincapié en el curso diferente de la sexualidad de la niña y la del varón.
La pregunta que guía ese giro es ¿Por qué se reprime el complejo de Edipo?
Cuando se trata de explicar el paso por el Edipo, Freud se explaya en situar las similitudes y diferencias que observa; tanto para la niña como para el niño se trata de la “expulsión del paraíso”: “La ausencia de la satisfacción deseada en la relación con la madre, acaba por apartar al infantil enamorada/o de su inclinación sin esperanza” (Freud, 1924, p 2748). Más tarde dirá que el material con el que cuenta se le hace insuficiente para entender el proceso de la niña, confirmando que si bien para ella hay un paso por el Edipo, un superyó y un período de latencia, no está seguro que se le pueda atribuir un complejo de castración y una organización fálica.
Cuando Freud se pregunta por la disolución del comienzo de Edipo (que pone fin a la premisa fálica) su teoría empieza a tambalear y “Para la niña, el material se vuelve incomprensiblemente más oscuro e insuficiente” (Freud, 1924, p 2750)
Lo único claro es que no se produce de igual modo que en el varón. La niña acepta la castración como algo consumado. Freud aclara que tanto el deseo de poseer un pene como el de recibir un hijo permanecen en el inconsciente  y contribuyen a preparar al ser femenino para su papel sexual. Queda así diferenciada la amenaza de castración de la angustia de castración.
En este artículo las salidas del Edipo para la mujer son dos: complejo de masculinidad o renuncia al pene intentando compensar esta pérdida por la vía de la ecuación simbólica pene-niño.
Retoma la cuestión en 1925 en “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica”. Habla allí de la prehistoria del Edipo en el varón y en la niña, lo que inevitablemente lo lleva a tratar la relación con la madre.
En adelante plantea una oposición: ante la visión de la ausencia de genitales en la niña, el varón la desestimará hasta que la amenaza de castración la resignifique. La niña, en cambio, ante la evidencia, cae víctima de la envidia del pene.
Se plantea entonces, la entrada en el Edipo y Freud considerará las consecuencias psíquicas: el complejo de masculinidad, la desmentida y el reproche a la madre por la falta de pene.
Pero el efecto más importante de la envidia del pene es el apartamiento de la masculinidad y del onanismo masculino, lo que la conduce a nuevos caminos que llevan al despliegue de la femineidad. La salida femenina entonces se desliza a lo largo de la ecuación simbólica pene →niño: la madre pasa a ser objeto de celos y el padre es tomado como objeto de amor, a la espera de un hijo de él. De este modo, la niña deviene para Freud una pequeña mujer.
Si esta ligazón con el padre se malogra, se identifica con él, y regresa al complejo de masculinidad que es, según Freud, lo que sucede con la joven homosexual.
Ahora, el Edipo es una formación secundaria y lo primario es su prehistoria. La niña entra en el Edipo por lo mismo que el niño sale: por el complejo de castración.
En su artículo de 1931, “Sobre la sexualidad femenina”, Freud parte de las mismas preguntas de 1925 pero realiza un análisis más detallado de la ligazón madre pre- edípica, desplazando el eje del Edipo como núcleo de la neurosis. Detalla en ese texto los factores que llevan al extrañamiento del “objeto madre”, amado de manera intensa y exclusiva: celos hacia los hermanos, ausencia de satisfacción plena, el efecto del complejo de castración que sigue tres orientaciones: suspensión de la vida sexual, hiperinsistencia en la virilidad y esbozos de la femineidad definitiva.
En 1932, en sus “Nuevas conferencias de Introducción la psicoanálisis” hay algo que se destaca y que marca una diferencia estructural entre hombres y mujeres: la mujer necesita más ser amada que amar. El amor en mujeres y hombres está dado por una diferencia de fase psicológica. La mujer “parece tener más  necesidad de que se le demuestre ternura y por eso es más dependiente y dócil […] (Freud, 1932, p 3167). Esta frase de Freud, permite pensar en un sustrato estructural y no fenoménico del lugar del amor en la femineidad.
Es de destacar también que en esta conferencia, Freud se refiere al “Enigma de lo femenino” que “ha hecho cavilar a los hombres de todos los tiempos” ( Freud, 1932, p 3164), Silvia Ons señala que si para Freud, la maternidad fuera la solución a aquello que la mujer desea no habría lugar para tal enigma:
[…] “Si el ser madre fuera la respuesta capaz de obturar aquello  que la mujer desea, la feminidad no aparecería como enigma. Sabido es, por otra parte, que Freud se preguntó por el deseo de una mujer, a pesar de las orientaciones fálicas dibujadas”. […] “La maternidad se presenta entonces, como la solución por el sesgo del “tener”, mientras que el enigma femenino es lo que resta de ese tener.
“Por un lado afirmó que el deseo del pene sería quizás el deseo femenino por excelencia, pero por el otro, la vida sexual de la mujer, tenía para él algo de “continente negro” como sitio misterioso y hierático afín con lo oculto y con el misterio. Lacan vio allí lo que no se deja apresar  en términos de goce masculino, y ubicó el goce femenino como nunca había sido descripto en la literatura psicoanalítica”. (Ons, 2016, p. 41).
La frase “La anatomía es el destino” aparece en el artículo de Freud “El sepultamiento del complejo de Edipo” del año 1.924. La nota introductoria que de este artículo que escibe J. Strachey señala que el interés del artículo radica, en que se hace especial hincapié al desarrollo diferente de la sexualidad, en el varón y en la niña.
Luego del desarrollo de las razones por las cuales el Complejo de Edipo se va al Fundamento en el varón, Freud se pregunta cuáles serían las razones para el mismo proceso en las niñas, material que se vuelve para él “oscuro e insuficiente”.
Recurriendo a la frase de Napoleón “La geografía es el destino”, en la cual su autor se refiere a que la conformación y el porvenir de las naciones se desarrolla sobre el suelo que habita y sobre las posibilidades o limitaciones que la geografía le imprime,  Freud dice “La anatomía es el destino” ya que el falo para Freud, su presencia o ausencia, marcan el destino del ser hablante: genital masculino o castrado.
El falo, entonces, es el patrón de medida de la diferencia entre los sexos. Lacan dirá que no hay más norma en el inconsciente que la norma viril, la norma fálica.
Los textos “La organización genital infantil” (Freud, 1923), “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica” (Freud, 1925) y “La disolución del Complejo de Edipo” (Freud, 1924) acentúan la importancia de las consecuencias psíquicas sobre la importancia de la conformación anatómica para la sexuación.
El paso que Lacan da en relación a esto es la distinción entre privación y castración en la mujer: ¿cómo subjetivar como castración su privación? . Lo que falta en lo real, es decir en su cuerpo, en su goce, es que no hay ningún órgano que pueda servir para inscribir el falo. Eso es anatómico, podríamos decir, está en lo real. La castración hace equiparable el tener el órgano con la interdicción psíquica del goce, la castración es la ecuación entre la pérdida de goce y la falta del sujeto operada por la función del Nombre del Padre.
El falo en la privación es el que falta en el lugar donde se lo espera, ya que a la mujer no le falta nada en lo real. La niña sólo descubre su privación respecto del otro y esa es la articulación con el penisneid  que no es sólo la envidia fálica, sino el afán de contar con un significante para inscribir su sexualidad.
Recapitulando lo dicho sobre Freud y la sexualidad femenina se puede establecer que, a partir de la experiencia infantil traumática de la constatación de la castración materna, se inscribe la falta, en el nivel imaginario.
La mujer aparece como un ser inferior, disminuido, marcado con una falta, un menos. Jacques Alain Miller señala en “El hueso de un análisis” (Miller, 1998) que esta misma falta puede tomar un valor inverso: la mujer vista como un ser ávido, insaciable, que encarna una amenaza para aquél que es propietario, es decir, la mujer que encarna para el hombre la amenaza de castración del órgano sobre el que se funda su unidad y totalidad.
Freud construye también, una asimetría en la vida amorosa, marcada del lado masculino por la amenaza y por la angustia de castración y del lado femenino por la certeza de saber qué se quiere. Sin embargo, del lado femenino sitúa la operatividad de la amenaza de castración derivando de la angustia por la pérdida de amor, lo que hace equivalente la amenaza de la pérdida de amor a la amenaza de castración
Esta diferencia, anticipa ya una disimetría entre hombres y mujeres con respecto al amor, ante todo porque, para la mujer, el amor aparece en el lugar de lo que no hay, es decir que podemos hablar aquí del amor como algo que suple el vacío. Freud había intuido esa relación especial y próxima que las mujeres tienen con la nada pero la pensaba en la relación con la nada corporal, anatómica.
“Podríamos decir que Freud parte del tabú de la virginidad para llegar a formular el misterio de la femineidad, y de este modo expresa fundamentalmente, la dificultad que existe para acceder a la mujer” (Salman, Virtualia 27, p1).

El amor y lo femenino en Lacan

  Manteniendo la identidad de la sexualidad con la libido fálica, y por tanto la unicidad de la sexualidad en el inconciente humano, Lacan retoma las cosas con una aclaración del concepto de falo y una diferenciación entre el orden imaginario y el orden simbólico. Por un lado, se trata de una función imaginaria definida como imagen negativa de la imagen especular y por el otro, el falo como significante y por eso es muestra de lo arbitrario respecto de la significación. La función fálica simbólica es definida por Lacan como Función de Castración, es decir como “sacrificio de goce”: esta función de la falta, cuyo símbolo es el falo, no deriva de la diferencia anatómica entre los sexos, sino de que el ser humano, hombre o mujer, debe inscribirse forzosamente en el lenguaje. En otros términos, se trata de la captura del aparato simbólico sobre lo real del organismo. Esta operación lleva a la pulsión, a sustituir el instinto por la demanda del Otro, en la que el sujeto humano es tomado antes de su nacimiento biológico.
El falo imaginario, en cambio se inscribe en el cuerpo, es decir en la imagen del cuerpo, este sacrificio de goce, y puede imaginarizarse como evidenciaba Freud, en la relación con el pene, el clítoris o la vagina. Es en este momento cuando articula el deseo con la diferencia entre los sexos. El mito Edípico es llevado a la estructura, al lenguaje, tal que el inconsciente es el resultado.
Solo hay sexualidad expresada en la pulsión y en el deseo, si está organizada por el complejo de castración cuyo operador a nivel simbólico es la función fálica. Esto, no permite diferenciar uno y otro sexo. El deseo humano, la sexualidad es siempre parcial y el fantasma lo testimonia. La parte faltante tomada del cuerpo del otro es investida fálicamente y cobra así el valor de objeto deseable.
Lacan propone considerar dos posiciones: en el lado masculino se trata de tenerlo (la imagen fálica) sin serlo, del lado femenino, el serlo sin tenerlo. Lacan retoma con este propósito el concepto de mascarada inventado por Joan Riviére.
Lacan trabajará este concepto en textos como “La significación del falo” (Lacan, 1958, a), “Ideas directivas para un congreso sobre sexualidad femenina” (Lacan, 1958, b) y el algunos párrafos de “La dirección de la cura y los principios de su poder” (Lacan, 1958, c).
Para cada sujeto, el axioma de partida, deducido de la definición del falo como significante, es que la cuestión de la relación entre los dos sexos se afronta a partir de una apariencia, lo que los inscribe en el registro del semblante. De allí resultan dos estructuras que organizarán las dos posiciones sexuales, masculino y femenino, en función de la articulación con esta sustitución con el registro del ser y el tener: proteger o enmascarar, ordenando entre los dos sexos, el juego del amor y del deseo. El hecho de que se trate de sustituciones permite enunciar que las posiciones sexuales son metáforas.
Tal concepción conserva bastante de la simetría entre masculino y femenino debida al falo, del que deriva el “aspecto cómico” subrayado por Lacan en el artículo “La significación del falo” (Lacan, 1958, a)
En el texto ya citado “Ideas directivas para un congreso sobre la sexualidad femenina”, Lacan se interroga sobre lo que es propio de lo femenino a nivel de las pulsiones, piensa una libido femenina, que pudiera incluir el instinto maternal y que no es posible drenar  por la mediación fálica. Esta pregunta lo llevará a la descripción del campo de lo que esta fuera de discurso al no estar anudado a la significación fálica, la presencia de modos pulsionales no subordinados al Edipo que insisten en satisfacerse y que reducen la vía Edípica a ser solamente una forma de solución posible.
Progresivamente Lacan abandona la perspectiva simétrica o complementaria entre uno y otro sexo, aun cuando se mantenga la definición de la sexualidad a partir de la función fálica y se mantenga la primacía de la castración simbólica.
En el Seminario 18 (Lacan, 2006), Lacan desarrolla el campo de los discursos como de semblante, para situar lo que queda afuera. Para eso retoma el tema de la diferencia sexual y lo explica vía los cuantificadores lógicos. Enuncia el “No hay relación sexual”, afirmando que no es posible escribir la relación sexual como función a nivel del discurso. Dicho esto, destacará el valor de la noción de semblante como articulador lógico en el campo de la no relación.
En el Seminario 20, Aún (Lacan, 1975)  pone ya de manifiesto las fórmulas de la sexuación que ha venido construyendo, situando el campo de un goce adicional, no todo fálico, suplementario, que escribe s (₳) y que está en el campo de lo real. Dirá que se trata de “un goce del cuerpo que está más allá del falo” (Lacan, 1981,p 90), una posición en la que pueden ubicarse hombres y mujeres, anatómicamente hablando.
Lacan ubicará como específico de la posición femenina, un desdoblamiento entre el goce que obtiene en su relación con el falo (y que toma la modalidad del deseo) y el goce que encuentra en la relación con un vacío, que corresponde a la ausencia del significante de La mujer (y que toma la modalidad de lo que dará en llamar “goceausencia”) goce propiamente femenino.
La femineidad es lo Otro respecto de la dialéctica falocéntrica y la posibilidad para una mujer de encontrarse con esa alteridad que la habita en su femineidad corporal, no es sin el pasaje por la relación con el falo en el encuentro con un hombre: “El hombre sirve de relevo para que la mujer se convierta en ese Otro para sí misma como lo es para él” (Lacan, 1966 b, p. 694)
Este hombre, cumple la función lógica del “al menos uno” que la desea y la ama en su alteridad, que soporta que exista en ella ese Otro goce que no es con él.
En el Seminario 23, El Sinthome, hablará de un real sin ley y de un goce que aparece por todas partes, desamarrado de la relación al Otro, porque no hay Otro (Lacan, 2006,p. 125).
 El goce femenino y el amor en Lacan son dos vertientes ligadas a lo irrepresentable y, en relación a esto, el punto en que la palabra de amor, se convierte en una mujer, en un amarre “La palabra de amor le permite consentir en ser este semblante para el lado macho y responder así a la irrupción de goce” (Ons, 2005, p27)
… “Encuentro que, amarrándola al goce fálico divide su goce entre este y aquél que la trasciende. Esta es la manera en la que se ubicará como objeto causa del deseo de un hombre, encontrando por esta vía un semblante como respuesta a la irrupción de goce” (Ons, 2005 p.27)
En cuanto a esto, me interesa desarrollar y articular con los casos clínicos que siguen, lo que Dominique Laurent llama la “función atemperante” del amor y lo que sucede en una mujer si esa función falla. La palabra de amor, en este punto, es la que posibilita que algo de ese goce más allá del falo pueda traducirse, pueda alojarse.
[…] “El lazo erotomaníaco en la certeza del amor compartido, si no es totalmente delirante, detiene, fija a las mujeres en una relación vital. Esto se verifica en la ocasión por la fidelidad ejemplar, incluso en la dedicación sin límite, por poco que el partenaire responda de la buena manera.
[…] “El hombre tiene una relación estructural al límite, por el falo. La mujer no lo tiene. La relación al límite para ella es contingente y depende del amor, de la certeza del amor que viene a fijar la deriva pulsional” (Laurent, Dominique. 2oo5. P.18)






El amor y lo femenino en la perspectiva del Partenaire- Síntoma

Jacques Alain Miller en su curso “El partenaire síntoma” (Miller, 2008), desarrolla la vertiente de lo que él llama “el amor real” en Lacan. Haciendo un desarrollo previo de lo que esque matiza como conceptualizaciones anteriores al Seminario 20: la vertiente imaginaria y simbólica del amor.
En estos desarrollos, Miller explica que a partir de 1972 se asiste al surgimiento del amor en una función inédita, en la cual Lacan intenta poner en función al amor como aquello que se introduce para establecer la conexión con el Otro, un amor pensado a nivel de lo real de la pulsión, es decir cómo el goce pulsional puede admitir ser descompletado, carecer de algo para embarcarse en los asuntos del deseo.
En esta perspectiva, se propone al amor como aquello que suple la ausencia de relación sexual.
[…] “Tenemos aquí una configuración que da al menos una dignidad eminente al amor, totalmente opuesta a la crítica del narcisismo de la pulsión, y sin duda ligada a lo que orienta el Seminario Aún, a saber, abordar de una nueva manera la sexualidad femenina”… (Miller, 2008 p. 158)
Cita en este lugar, lo que he señalado en páginas anteriores que es la conceptualización de Freud de la castración que toma la figura de la pérdida de amor en las mujeres y que da al amor, una investidura máxima. Para las mujeres se trata del “amarás al Otro como a ti mismo”, e incluso “Amarás al Otro más que a ti mismo”
[…] “ La demostración de Lacan, cuando parte de este aparato esquemático, revela que del lado femenino, el goce que le es propio esta intrínsecamente y de manera fundamental, e irreductible, ligado al Otro, ligado al amor del Otro” (Miller, 2008, 159), marcando en este punto una diferencia con el lado masculino de las fórmulas que en el amor permanece ligado a la pulsión y no hay apertura al Otro, que permanece ligado a lo autoerótico de la pulsión, que hace del Otro, un objeto a que le sirva para la satisfacción pulsional.
En este sentido,  señala Miller que se trata también de una teoría sobre el lazo social y la cultura, ya que el lazo social es el término que responde a la ausencia de relación sexual.
Se establecen entonces, en “El partenaire- síntoma”, cuatro tipos de pareja: la imaginaria, cuya unidad es el yo y el otro y cuyo fundamento es la complementación, la pareja simbólica cuya unidad es el sujeto y el Otro, cuya raíz es la falta de significante, la pareja del deseo, relación entre el sujeto y su objeto y la cuarta pareja: el partenaire síntoma.
En el partenaire síntoma se trata, para Miller en un “precio extraído del goce” (Miller, 2008, p. 266), ya que no se puede dar cuenta del goce solo a través del significante, hay que agregar lo viviente, agregando asimismo el cuerpo del Otro, movimiento que Lacan hace en el Seminario 20.
[…] “No se puede establecer el lazo, la relación sexual con el Otro, con excepción de esta vía que no es pulsional, que es la única susceptible de relacionarse con lo que nos resta del Otro, la vía del amor.”(Miller, 2008, 275)
El amor es entonces, desde esta concepción lo que funda al Otro, busca el ser del Otro y también desde esta perspectiva hay dos modos de acceso al Otro: uno a través del goce y que va a parar al objeto a, al goce del cuerpo propio y otro que deja de lado el cuerpo y se aferra a la palabra.
En esta línea, el goce femenino es descripto como marcado por lo infinito, el no todo, el exceso, la encarnación de la diferencia en tanto tal, el amor loco (aquél que se sitúa más allá del tener), la inconsistencia y la no localización. Un goce que se describe como teniendo dos caras: el goce del cuerpo en tanto no está limitado por el goce fálico y el goce de la palabra.
En esta perspectiva entonces, la relación de pareja, a nivel sexual, supone que el Otro se convierta en síntoma del parlêtre, un medio de su goce. El síntoma es, con lo que se debe vivir.
El síntoma es la investidura libidinal de la articulación significante en el cuerpo, un modo de gozar, de manera doble: un modo de gozar del inconciente y un modo de gozar del cuerpo del Otro.
El goce se produce siempre en el cuerpo del Uno, por medio del cuerpo del Otro, el goce es siempre autoerótico. El cuerpo del ser hablante siempre es “Otrificado” por el significante.
“En el caso del goce femenino, este fuera del cuerpo se introduce por el No-todo. El goce está contenido en el cuerpo propio, salvo que este cuerpo propio es Otro para el sujeto y que está sujeto, precisamente, a cierto número de fenómenos extraños, de fenómenos de apertura y de ilimitación” (Miller, 2008, p.413).
Para Miller, las estructuras significantes determinan el estatuto del partenaire síntoma, como medio de goce para cada sexo. Del lado macho, el partenaire está determinado como a, que es una unidad de goce discreto, del lado de la mujer, la exigencia para el partenaire síntoma es A tachado, que este partenaire tenga la forma del no todo. En la forma fetichista del lado del hombre y erotómana del lado de la mujer

Articulación teórica

Me interesa pensar, en  tres casos, la posición de esas tres mujeres con respecto a lo amoroso en su función nominante del exceso de goce que las habita, en el caso de María, relatado claramente como la “necesidad de palabras”, más que del cuerpo del otro.
Caídas de esta posición estas mujeres pasan al acto en tres versiones diferentes, A, eliminando lo más deseado para ese hombre, que era su primera hija, en el caso de T, en su intento de autoeliminación y en el mismo acto, eliminando a su hija, ya que eran una; y María, en una búsqueda desenfrenada de las palabras que en otros tiempos ordenaban su mundo, primero en el goce místico y luego encarnado en la figura del marido, ambos en la línea del padre terrible y severo.
Si se trata en estas mujeres de pesquisar cómo cada una de sus madres nombraba el más allá del falo, A relata que su madre tiene un hijo de cada hombre con el que ha estado pero que nunca se “ató” a ninguno de ellos, considerando a los hijos una posesión. El modo de hacer ahí, en las maternidades repetidas sin hombre, aparece, en las palabras de A, como la maternidad como solución a lo innombrable del goce femenino.
En el caso de T, “Sumisa” y “depresiva”, “enferma psiquiátrica” insisten en su discurso.
En el caso de María, es muy ilustrativo de su posición el “Pleitesía absoluta”, contracara del desenfreno al que la madre parece haberse entregado años después, volviendo a la pleitesía muda sin solución de continuidad.
¿Es la posición femenina una posición sacrificial?, ¿qué relación hay entre las mujeres y el sacrificio?
Eric Laurent, en “Posiciones femeninas del ser” (Laurent, 1999), señala que Lacan hace una crítica al “masoquismo femenino de Freud”, señalando que los fantasmas de placer en el dolor existen, pero que no están ligados al ser, a la naturaleza femenina.
Lacan introduce el concepto de privación para poder dar cuenta de ese goce particular que puede tener una mujer, en despojarse del registro del tener, sin que eso dé cuenta de ningún masoquismo.
A diferencia de los hombres, que fabrican su ser enfrentando la amenaza de castración, el ellas, la castración ya ha sido efectuada, por lo tanto, la mujer no teme nada si se hace un ser desembarazándose del tener. Ese, dice Laurent es el auténtico goce de la privación: despojándose de su tener, hace aparecer un ser, existe más en el ser, que esa pérdida en el tener.
Refiere también en el mismo texto, que Lacan prefiere el término en francés de Ravage, que significa estrago.
[…] Desde el punto de vista del amor hay para el sujeto femenino una suerte de placa giratoria donde el sujeto avanza siempre más lejos en el “dar todo al hombre amado”, “ser todo para él”, una vía en la que el sujeto intenta transformar su tener en nombre del amor, sus bienes, transformarlo en ser: darlo todo para ser todo” (Laurent, 1999, p 85)
Ahora bien, en la clínica aparece todo el tiempo, que en esta vía, las mujeres encuentran inevitablemente que ya no es nada para el otro. La falsa solución del masoquismo femenino se juega entre el Todo y la Nada, que, como en los tres casos descriptos, puede tomar ribetes de catástrofe.
A, no soporta que luego de “darle todo” a su hombre, incluso una hija, él la desprecie y le diga que “ya no le sirve como mujer”. Como en la tragedia griega Medea, A se ve empujada a esa región desconocida en que ella se vuelve Otra para sí misma, que revela ese goce mortífero de ser privada.
En T, esa posición sacrificial que la mantenía anudada, en una relación dual con su hija, se ve conmovida cuando el hombre al que dirige sus “reclamos” ya no la escucha. Esos reclamos de lo que ella habla insistentemente ¿Podrían enmarcarse en un imperativo?, si es así, cabría diferenciarlos del capricho, enmarcado en el Nombre del Padre y su ley. Hago esta diferencia porque T marca, que el estar encerrada y lejos de su marido, la tranquilizan porque ya no tiene que “reclamarle nada”.
En el capítulo “Capricho y voluntad” (Miller, 2004), Miller explica que en el capricho, el sujeto asume la voluntad que lo capta como su voluntad. Expresa como un “quiero absoluto”, aquello que lo acciona como pulsión, que lo impulsa
¿Es el extravío la marca del Otro goce?, ¿Puede decirse que estas mujeres llegan a esos límites de no límite a causa de él?, para responder estas preguntas retomaré lo que Jacques Alain Miller trabajaba en “El Partenaire síntoma” (Miller, 2004) con respecto al goce femenino y el no- todo.
Miller refiere efectivamente que el no-todo goce fálico que afecta a la mujer, debe ser leído como sin límites, con la reserva que una mujer puede cruzar lo límites, tomada por el goce fálico.
Uno de los puntos centrales de estos desarrollos es la cuestión de la relación al objeto: sitúa del lado macho el carácter fetichista del objeto y la erotomanía del lado femenino. La erotomanía hace existir un Otro en relación al amor ahí donde falta, otro singular. Se trata de las palabras de ese Otro y no de cualquiera.
Esta característica de singularidad y necesidad, se ilustran en el caso de María que, a mi entender hace surgir un Otro, primero en su primer amor, escuchándolo durante un año seguido, en Dios, siendo “La mejor católica” y “No renegando de la cruz que le tocó” y luego a través de su marido al que le pide constantemente palabras y presencia que la ayuden a bordear lo indecible, desde el punto de “Pleitesía absoluta”, modo de hacer del Otro materno.
En este punto también podemos pensar en el desencuentro que implica que el carácter fetichista del objeto, implica poco o nada de palabras, en cambio el Otro en la erotomanía es otro que es necesario que hable.
La demanda femenina, es una demanda que sobrepasa el goce fálico, que tiene que ver con ese plus, cuando el goce suplementario se articula a la demanda y pide al Otro que hable. La demanda de amor, es un modo de articular ese goce con la palabra.
En el caso de María, me gustaría citar un artículo de Marcelo Barros: “Cuando se ama para eludir la culpa” (Sawicke, P y Stillo B, 2014). En este artículo, el autor se refiere a aquéllas mujeres que aman a los hombres que podrían ponerlas en una posición de culpabilidad siendo, en estos casos, la relación amorosa, una defensa contra la culpa.
Estas relaciones, signadas por el maltrato, ponen en acto el modo de funcionamiento paradojal típico del superyó: cuanto más concesiones se le hacen, más feroz se torna, en el caso de la condición femenina se complica el cuadro cuando es difícil de inscribir en ella el límite de la castración.
María se siente culpable de contrariar el deseo del Otro: Dios, Marido, Madre. No se enfrenta con la separación posible y se queda en la escena fantasmática. Pero, culpabilizarse no es responsabilizarse. Este hombre, como muchos partenaires de las analizantes, prolonga el vínculo entre la mujer y el reproche insaciable del Otro materno.
El término rapto, arrebatamiento o extravío, ha sido extensamente trabajado por el psicoanálisis en relación a lo femenino. En “Los usos del Lapso” (Miller, 2004), Eric Laurent trabaja el texto de Marguerite Duras “El arrebato de Lol V. Stein”. Allí dice “[…] Él, (Lacan) hará del rapto del alma, de la psiquis, no un símbolo sino una operación lógica, subjetiva y temporal que permite situar las relaciones del sujeto con el cuerpo” (Miller, 2004,p 397)
El arrebato, el extravío, es también cuando la no- toda pierde sus lazos y, sin nudo, pierde el sentido, su norte. El arrebato es cuando la mujer pierde el amor de un hombre, y este era el único nudo que la enlazaba.
¿Qué cabe esperar entonces, en el tratamiento de las mujeres en relación al goce femenino y al amor?, ¿es que la única vía es el enlace del amor y el sufrimiento?
Cuando algo del superyó femenino se manifiesta, Lacan en Létoudit (Lacan, 2001)  aconseja refutar, indecidir, indemostrar e incompletar esos dichos, de modo de hacer ese goce, un goce más vivible.
En el caso del amor, es claro que en la mujer, amor y goce se entraman, se anudan, de una forma singular para cada una.
Blanca Sánchez, en su texto “sufrir por amor” (Sanchez, 2011), señala que “Mientras que para los hombres, en su goce del órgano, se puede muy bien gozar en silencio y en la soledad del fantasma, en ellas el goce se entrama con el amor. Y si el amor es dar lo que no se tiene, qué mejor modo de dar lo que no se tiene que a través de las palabras. De ahí la serie: hablar, amar, gozar.”
 En el mismo texto, la autora señala que la apelación al goce en las mujeres debería poder soportarse sin que devenga superyoico, si la figura del Otro pierde su consistencia y si se modifica su relación a la castración. Habiendo asumido la pérdida de objeto, por lo que el amor será una significación vacía, de manera que si un objeto de amor se pierde, pueda vivirse con la dignidad del dolor pero sin el regodeo en el goce del sufrimiento y sobre todo, sin la catástrofe subjetiva y vital que sufrieron las mujeres de los casos expuestos.
[…] “Se pondrá en juego, entonces, una versión del amor en la que se trata menos del reencuentro y más de la invención, del lado de la contingencia y del azar. Pues en la contingencia es donde se da el encuentro de lo que en cada quien marca "la huella de su exilio de la relación sexual". Entonces, no será el sexo el que logre que los seres hablantes se vuelvan partenaires, sino solo el sínthome, como modo de goce. Al fin y al cabo, el amor no sería más que ese encuentro sintomático y contingente, en el que se juega el goce del Uno, no sin el Otro.”(Sanchez, 2011)

Conclusión
Cada ser hablante testimonia de su encuentro con la ausencia de relación sexual, con el síntoma y la modalidad de goce. El amor síntoma puede hacer pantalla a ese real en un esfuerzo de hacer encarnar al Otro en el partenaire fantasmático, esto es, hacer del amor un Uno que irá contra el deseo del sujeto, que es pasión de ignorancia y que hace olvidar la hiancia.
La armadura histérica del amor al padre hace de pantalla a la no relación sexual, estrategia de privarse del objeto para desearlo y “ser todo” para asegurarse un lugar en el fantasma de un hombre, eludiendo la posición femenina.
Sabemos que el amor es una suplencia a la no relación sexual, a la ausencia de posibilidad de una relación armónica entre la posición masculina y la femenina.
Lo que los casos y la clínica nos enseña es el extremo, la desvastación o la desdicha a la que lleva la dificultad (o la imposibilidad) de hacer del amor un nudo más flexible,  que posibilite separarse de la exigencia de reciprocidad que el amor puede llevar consigo.
La posibilidad de un nuevo amor o de un amor más digno, como solución singular en cada caso, advertido de la imposibilidad de hacer Uno pero con la posibilidad de la invención contingente es la vía para trabajar analíticamente las cuestiones del amor y lo femenino.
En cuanto al superyó femenino y al extravío, la dirección será apuntar a la inconsistencia del Otro, a su incompletud. Eric Laurent indica que se trata de saber descifrar, adivinar el goce, donde se origina el llamado amenazador, para responderle: “Nadie tiene la última palabra”. (Laurent, 2016, p113).


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DONC

..."El algoritmo lacaniano de la transferencia nos expone el modus operandi del psicoanálisis como la puesta a punto de un modo de decir, que es también un modo de leer - leer las formaciones de l inconciente, a las que atribuimos especial importancia, pero también leer los acontecimientos de la vida. Así como podría decirse que, a partir de un pequeñísimo incidente de la relación entre uno y otro, Marivaux podía escribir kilómetros de diálogos, se ve cómo en el análisis un detalle de la existencia cotidiana es a veces observado con lupa por el analizante, que encuentra en una mirada, en un gesto del otro, un mundo de significaciones. Por lo que concierne al psicoanálisis, cada cual lee su vida, y por poco que lo quiera encuentra en ella una significación de inconciente; relaciona ese detalle, ese encuentro, esa brizna de existencia, con un conjunto de significantes supuestos presentes. Y se torna cada vez mas evidente para el sujeto, que puede atestiguarlo, la significación, o el conjunto de significantes que regularmente toman forma para él gracias a esos encuentros. Al fin nota que, por cualquier punta que tome su vida, solo se las ve con significaciones, por ejemplo, de decisión, de elección, de hesitación, de cálculo, de tiempo de comprender, de momento de concluir, y que eso forma un conjunto; o que en general se relaciona con un conjunto donde hay faltas, castigos, maldades que asumir o que deplorar, significaciones de víctima o de verdugo; o incluso con un conjunto donde por regla retornan significaciones de imperfección, de nostalgia, de huída, de ausencia de sí, de captura por el Otro.
Pero lo que se descubre gracias al modo analítico de decir y de leer es un modo de gozar. A partir del modo de decir, un modo de gozar...
..." El síntoma freudiano, es un modo de decir, pues se lo descifra, y a la vez, un modo de gozar. La cuastión es que el análisis mismo no es solo un modo de decir y de ller, sino un modo de gozar del inconciente.
Jacques Alain Miller
Donc

domingo, 29 de enero de 2017

Título: Yo sé que bardié – Algunas consideraciones sobre el asentimiento subjetivo

Psyche Navegante Nº 86 – www.psyche-navegante.com
Área: Psicoanálisis
Sección: Práctica

Autora: Florencia Borgoglio
Tema: A partir de la experiencia clínica  con presos encarcelados en uno de los penales más importantes de la Provincia de Buenos Aires, la autora sostiene la hipótesis de que la ausencia de reconocimiento y significación de la sanción penal lleva a redoblar la tendencia al acto criminal y delictivo.

…”De ningún modo se debe abordar frontalmente la culpabilidad,
 Salvo transformándola en diversas formas metabólicas”

Lacan, Jacques. Seminario IV, Las relaciones de objeto, p 281

Hace unos meses, tuvo repercusión en la prensa la decisión de una jueza de trasladar a un interno (condenado a prisión por matar a su novia de 113 puñaladas) de un régimen cerrado a un régimen semiabierto. Ante la reacción de los familiares de la víctima sobre esta medida, la jueza y un conocido psiquiatra respondieron que la conducta del interno (y podríamos decir su posición) no había cambiado porque no había recibido en la cárcel un tratamiento psicológico y ordenó que lo recibiera.
Este no es, a mi entender, un detalle menor ya que para esta jueza, el encierro constituye en este caso una condición necesaria pero no suficiente. Quizás por primera vez, en doscientos años del sistema penal, la cárcel no basta.
A partir de este caso, cabría preguntarse cuál es el lugar de un psicoanalista en la cárcel, qué hacemos los que allí atendemos y cual es la relación que establecemos con la institución en la que trabajamos.
Lacan instaba a los psicoanalistas a estar a la altura de responder por su función ante el campo social, a saber qué es lo que hace al malestar en la cultura de su época y a insertarse en las instituciones a fin de introducir, por su función, las posibilidades de aparición para el sujeto. No es otra la orientación para hacer una distinción entre psicoanálisis puro y psicoanálisis aplicado, que la de situar las implicaciones que conlleva el desplazamiento del dispositivo analítico hacia espacios no tradicionales; pues sin duda, hablar de las funciones del psicoanálisis en criminología para introducir una acción concreta, supone “el desafío de repensar la doctrina en función de un nuevo objeto”, tal como lo indica Lacan en 1950, estableciendo los límites y las condiciones de posibilidad en un campo donde la sociedad muestra sus fracturas, a saber la institución carcelaria.
Para el discurso jurídico hay una continuidad entre responsabilidad, culpa y castigo. Un sujeto es culpable por un acto que está tipificado como delito, y para dicho discurso, la  pena es previa al delito y proporcional al mismo. En este ámbito, además, el delito es tomado como daño a la víctima o como infracción a la ley.
En el discurso jurídico entonces, la sanción recae sobre una conducta y no sobre un sujeto. En el trabajo sobre las consecuencias de la sanción penal sobre la subjetividad, discurso jurídico y psicoanalítico se intersectan, ya que no pueden dejar de interrogarse sobre los efectos que la objetivación de la ley tiene sobre el sujeto.
De este sujeto en particular en el aquí y ahora de la consulta es aquel del que se ocupa el psicoanálisis, como el que asume o no su responsabilidad subjetiva.
¿A qué apuntaría entonces, un tratamiento psicoanalítico que se desarrolla en el interior de los muros de un penal con personas que han cometido un delito?
En primer lugar, la clínica en la cárcel apuntaría al sujeto, con las características particulares del psicoanálisis en una institución, es la misma clínica que hacemos en el consultorio. Pero, allí esta la institución, el delito, la trasgresión a la ley, la segregación social, la droga, la violencia.
Entonces creo necesario pensar el concepto de Asentimiento subjetivo en relación con la habilitación de un lugar para ese sujeto en los hechos que lo llevaron detenido.
El concepto de asentimiento subjetivo se encuentra en el artículo de Lacan antes citado. Desde el punto de vista filosófico, el asentimiento es un acto en el cual el sujeto da lugar a una verdad sin vacilación alguna, al respecto, nos dice Lacan: “Ni el crimen ni el criminal son objetos que se puedan concebir fuera de su referencia sociológica”. Porque: “no hay sociedad que no contenga una ley positiva, así sea esta tradicional o escrita, de costumbre o de derecho. Tampoco hay una en la que no aparezcan dentro del grupo todos los grados de trasgresión que definen al crimen. Toda sociedad, en fin, manifiesta la relación entre el crimen y la ley, a través de castigos, cuya realización, sea cual fueren sus modos, exige un asentimiento subjetivo”.
Se trata pues de reconocer el lugar que ocupa la subjetividad en el acto delictivo, ya que es de suma importancia que quien incurre en una falta no solo sea sancionado por ella sino que pueda dar un significado a esa sanción, significación que le permita dimensionar su implicación en aquello de lo que es acusado.
La hipótesis que guía esta afirmación es que la ausencia de reconocimiento y significación de la sanción penal lleva a redoblar la tendencia al acto criminal y delictivo.
Lacan establece un mismo estatuto para la responsabilidad y el castigo. ¿Podríamos entonces pensar que bastaría con la pena? NO lo creo, el escaso número de juicios orales, las condiciones de detención y la sobrecarga de la justicia configuran para las personas detenidas un Otro consistente, gozador y sordo. 
No es por este Otro por el que puede hacerse el pasaje para llegar a la responsabilidad. ¿Y entonces?
Los pacientes llegan al consultorio alienados al discurso del Otro judicial y Penitenciario. Dicen lo que creen que el interlocutor quiere escuchar: “yo me equivoqué”, “ya aprendí”, “hice las cosas mal”. Significantes que no los representan y que expresan para darle al analista lo que ellos imaginan que ésta quiere escuchar.
Piden venir y vienen, algunos de ellos lo hacen para  “hacer la plancha”, “a flotar”, a conseguir un informe favorable. Les digo que yo no hago informes, que desde el punto de vista legal, el espacio no perjudica, pero tampoco ayuda y les aseguro el secreto profesional. Por lo demás, no tomo notas, enuncio la regla fundamental y escucho…
Es necesario, en primera instancia habilitar en ellos la queja, y esto no es fácil. La necesaria barradura del Otro no es sin angustia porque, se sabe, remite a la propia. En segunda instancia, acotar el goce y alojar. Reemplazar en un primer momento el ¿qué hiciste? (pregunta que sería pertinente si el acto delictivo fuera un acto en el sentido estricto del término) por el ¿qué te pasó? es un paso imprescindible para darles la palabra y que puedan encontrarse en los hechos.
Apuntar a que el paciente pueda hacerse una historia es la dirección. Que la novela que es su vida y que preexiste al tratamiento, encuentre su autor, es el objetivo.
 Hacer de cada anécdota inconexa una historia en la mayoría de los casos pacifica, tranquiliza, da continuidad a algo que no lo tenía y es allí donde se habilita la posibilidad de hablar sobre lo que los trajo detenidos.
Es necesario también saber desde el comienzo, que en la clínica de las impulsiones, es el analista el que trabaja a la par o más que ese sujeto, quien en un principio esta muy lejos de ser un analizante. Trabajará hasta que un significante se recorte entre sus dichos y el engranaje simbólico comience a andar.
Hay un primer efecto de este trabajo: la vergüenza, señal de que hay allí un pasaje por el Otro.
Es allí donde podemos esperar, a mi entender, lo que Lacan llamaba el Asentimiento subjetivo. Ese relato, repetido mil veces en la concatenación sociológica toxicomanía- delito- prisión, encuentra su particularidad en el consultorio. Cada uno de ellos es diferente, en cada uno, el delito tiene un lugar particular en la estructura. No hay dos iguales. Si se escucha en detalle, no hay dos parecidos.
Entonces, volvamos a la pregunta: ¿qué será lo que Lacan llama el Asentimiento subjetivo?:desde la perspectiva freudiana, la responsabilidad supone la asunción de parte del sujeto no solo del deseo que lo habita sino también de los actos que, sabiéndolo o no, se derivan de él o produce efectos al causarlos.
El orden del “asentimiento subjetivo” entonces, supone la posibilidad de encontrar un lugar responsable en el acto criminal.
Esto implica el paso lógico necesario no solo para otorgar significación al castigo o a la pena que le corresponde al sujeto según la ley jurídica, sino también de unir a esa significación los alcances del acto mismo.
Por lo tanto, solo hay sujetos responsables cuando los aparatos normativos y sociales le permiten a cada autor de un acto delictivo anudar la secuencia responsabilidad- culpabilidad- castigo mediante un asentimiento subjetivo.
Es decir que se le dé la posibilidad,  de asumir su lugar de sujeto en los actos que causa y que pueda responder por los mismos.
Creo leer en estas palabras, el pronunciamiento del sujeto en relación al Otro, su posicionamiento. El sujeto se hace dueño de su destino, decide, que no es ni más ni menos que lo que Lacan llamaba la “aptitud para el acto”.
Este fundamental asentimiento evita a mi entender la infinita retaliación individuo- sociedad, sociedad- individuo. Devuelve el utilitarismo de las penas a su lugar y le da al sujeto la posibilidad de poder pronunciarse.
Este pronunciamiento entonces toma la forma de: “yo sé que bardié”, forma de decir con sus propios significantes que trasgredió las normas del conjunto social pero que además,  en la mayoría de los casos, se trasgredió a sí mismo dejándose afuera del orden fálico vía las drogas, el alcoholismo y las impulsiones.
En estos casos, puedo decir que más que nunca, los ideales deben quedar afuera del consultorio y es el paciente, vía el trabajo analítico el que encuentra su propia respuesta al final. El punto fundamental es, en ese sentido, la posibilidad de elección, como dije, la aptitud para el acto. Y, en mi experiencia en las instituciones carcelarias muy pocos eligen delinquir, pero todos deberían encontrar las condiciones necesarias para hacerse responsables de ello.
Sostengo que “La cura” no puede ser otra cosa que una integración por el sujeto de su verdadera responsabilidad y ello porque el hombre se hace reconocer por sus semejantes por los actos cuya responsabilidad asume. Esa responsabilidad que es el precio a pagar por vivir en sociedad.

Florencia Borgoglio
Lic. En Psicología
fborgoglio yahoo.com

Reseña Bibliográfica
Lacan Jacques, “Introducción teórica a las funciones del psicoanálisis en criminología”,
1.950. Escritos 1.




jueves, 7 de mayo de 2015

De la Imaginarización a la Significantización del goce

Referencias bibliográficas de Lacan en los Seminarios 1 al 5.
Por: Laura Canedo (Compiladora)
El presente trabajo[1] ha sido realizado por los miembros del equipo de la Biblioteca del Campo freudiano de Barcelona y de Tarragona. A lo largo de tres entregas encontrarán frases, párrafos, fragmentos extraídos del decir de Jacques Lacan a lo largo de sus Seminarios, que permiten orientarnos sobre el tema de las Jornadas y sus ejes de trabajo en los diferentes periodos de elaboración, tal y como se fueron sucediendo.
La orientación propuesta por Jacques-Alain Miller en relación a los paradigmas del goce en la enseñanza de Lacan, nos ha parecido especialmente pertinente a la hora de pensar el tema de nuestras XIII Jornadas: “Las elecciones del sexo: de la norma a la invención.”
Esta primera entrega engloba las notas extraídas de los Seminarios 1 a 5. Encontrarán así lo que podemos llamar “de la imaginarización a la significantización del goce”, es decir, un recorrido por la teorización del goce tal como fue elaborándola Lacan en su enseñanza inaugural.
A nivel teórico, en los primeros Seminarios Lacan recorre la obra de Freud considerando imaginario todo aquello que no es susceptible de incluirse en el orden de la satisfacción simbólica. Encontramos como punto de partida la no relación de lo simbólico y lo imaginario. El orden simbólico se presenta con una lógica que prescinde de toda referencia al goce del cuerpo; y frente a la satisfacción simbólica, está también la satisfacción imaginaria, a la que podemos llamar el goce. La libido tiene un estatuto imaginario, y el goce lo encontramos en el eje imaginario a-a’.
Tal y como vemos en el Seminario 5, esta operación de imaginarización del goce es progresivamente superada por la trasposición de lo imaginario en lo simbólico. Así, se va imponiendo la significantización del goce; las pulsiones se estructuran en términos de lenguaje, el falo desplaza su estatuto hasta devenir un significante, y la construcción de la fórmula del fantasma será el punto nodal en el que imaginario y simbólico se concentran.
Lacan lleva tan lejos la significantización del goce que lo demuestra equivalente al significado de una cadena significante inconsciente cuyo vocabulario estaría construido por la pulsión. Es lo que en esta etapa aparece como deseo.
El Seminario, Libro 1, Los Escritos Técnicos de Freud (1953-1954), Paidós, Buenos Aires, 1986.Lluïsa Andreu (Barcelona)
“Freud se plantea ¿qué es el trauma? (…) su dimensión fantasmática es infinitamente más importante que la dimensión de acontecimiento.” (p. 61)
“La prenda del análisis no es sino reconocer qué función asume el sujeto en el orden de las relaciones simbólicas (…) cuya célula inicial es el complejo de Edipo, donde se decide la función del sexo.” (p. 111)
“…Freud no vacila en aplicar a la transferencia el nombre de amor. (…) La estructura de ese fenómeno artificial que es la transferencia y la del fenómeno espontáneo que es el amor y, muy precisamente, amor-pasión, son en el plano psíquico equivalentes.” (p. 142)
“¿Sobre qué se funda, en suma, el descubrimiento freudiano? Sobre la aprehensión fundamental de que los síntomas del neurótico revelan una forma desviada de satisfacción sexual.” (p. 184)
“No es la realidad del compañero sexual, la particularidad de un individuo, sino algo que tiene una estrecha relación con lo que acabo de llamar el tipo: a saber una imagen.” (p. 188)
“La pulsión libidinal está centrada en la función de lo imaginario” (p. 188)
“Los comportamientos sexuales son especialmente engañadizos.” (p. 189)
“Existe ante todo, en el campo de la fijación amorosa, de la Verliebtheit, el tipo narcisístico. Está fijado pues se ama primero, lo que uno mismo es, vale decir, como Freud lo precisa entre paréntesis, uno mismo; segundo, por lo que uno ha sido; tercero, lo que uno quisiera ser; y cuarto, la persona que fue una parte del propio yo.” (p. 201)
“El narcisismo no es la relación entre el individuo biológico y su objeto natural.” (p. 247)
“En el artículo sobre El yo y el ello (…) Freud escribe que el yo está formado por la sucesión de las identificaciones con los objeto amados que le permitieron adquirir su forma.” (p. 255)
“La perpetua reversión del deseo a la forma y de la forma al deseo, en otras palabras de la conciencia y del cuerpo, del deseo en tanto que parcial al objeto amado, en el que el sujeto literalmente se pierde, y al que se identifica, es el mecanismo fundamental alrededor del cual gira todo lo que se refiere al ego.” (p. 255)
“La relación imaginaria primordial brinda el marco fundamental de todo erotismo posible.” (p. 259)
“En el sujeto humano, el deseo es realizado en el otro, por el otro (…) A partir de entonces, el deseo del otro, que es el deseo del hombre entra en la mediatización del lenguaje. Es en el otro, por el otro, que el deseo es nombrado. Entra en la relación simbólica del yo (je) y el tú, en una relación de reconocimiento recíproco y de trascendencia, en el orden de una ley ya preparada para incluir la historia de cada individuo.” (p. 263)
“La perversión es siempre frágil, está siempre a merced de un vuelco, de una subversión.” (p. 322)
“Esta incertidumbre fundamental de la relación perversa, que no logra establecerse en ninguna acción satisfactoria, constituye uno de los aspectos del drama de la homosexualidad.” (p. 322)
“La perversión es una experiencia que permite profundizar lo que puede llamarse, en su sentido pleno, la pasión humana (…), aquello por lo cual el hombre está abierto a esta división consigo mismo que estructura lo imaginario; (…) en esta hiancia del deseo humano donde aparecen todos los matices (…) a través de los que el deseo humano está por entero expuesto, en el sentido más profundo del término, al deseo del otro.” (p. 323)
El Seminario, Libro 2, El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica (1954-1955), Paidós, Buenos Aires, 1983. Iolanda Ferreres (Barcelona)
“Pues bien, en el momento preciso en que se inaugura ese nuevo ser-en-el-mundo que aquí designo como una subjetividad, Sócrates advierte que en lo tocante a lo más precioso, la areté, la excelencia del ser humano, no es la ciencia la que podrá trasmitir las vías que a ella conducen. Ya ahí se produce un descentramiento; a partir de esa virtud se abre un campo al saber, pero esta virtud misma, en cuanto su transmisión, su tradición, su formación, queda fuera del campo.” (p. 14)
“Lo expresa muy bien la fulgurante fórmula de Rimbaud –los poetas, que no saben lo que dicen, sin embargo siempre dicen, como es sabido, las cosas antes que los demás-: Je est un autre (yo es otro).” (p. 17)
“… el sujeto está descentrado con respecto al individuo. Yo es otro quiere decir eso.” (p. 20)
“¿Por qué decidió Freud introducir estas nuevas nociones metapsicológicas, denominadas tópicas, que se llaman yo, superyó y ello? (…) En una palabra, el nuevo yo (je), con el que tenía que dialogar, al cabo de cierto tiempo se negó a responder.” (p. 22)
“Las palabras fundadoras, que envuelven al sujeto, son todo aquello que lo ha constituido, sus padres, sus vecinos, toda la estructura de la comunidad, que lo han constituido no sólo como símbolo, sino en su ser. Son leyes de nomenclatura las que determinan –al menos hasta cierto punto- y canalizan las alianzas a partir de las cuales los seres humanos copulan entre sí y acaban por crear, no sólo otros símbolos, sino también seres reales que, al llegar al mundo, de inmediato poseen esa pequeña etiqueta que es su nombre, símbolo esencial en cuanto a lo que les está reservado.” (p.37)
“El yo, en su aspecto más esencial, es una función imaginaria. Hay aquí un descubrimiento de la experiencia, y no una categoría que yo calificaría casi de a priori, como la de lo simbólico.” (p.61)
“En la naturaleza encontramos bajo mil formas la función imaginaria: son todas las captaciones guestaltistas enlazadas al pavoneo, tan esencial para el mantenimiento de la atracción sexual en el interior de la especie. Pues bien: la función del yo presenta en el hombre características diferentes. Este es el gran descubrimiento del análisis: a nivel de la relación genérica, ligada a la vida de la especie, el hombre funciona ya de otro modo. Ya hay en él una fisura, una perturbación profunda de la regulación vital. En esto radica la importancia de la noción de instinto de muerte aportada por Freud. No es que esta noción sea en sí misma tan luminosa. Lo que hay que comprender es que le resultó forzoso introducirla para hacernos tener presente un dato punzante de su experiencia, en un momento en que se empezaba a perder.” (p. 62)
“Les doy una definición posible de la subjetividad, formulándola como sistema organizado de símbolos, que aspiran a abarcar la totalidad de una experiencia, animarla y darle su sentido. ¿Y qué es lo que aquí estamos tratando de realizar, si no una subjetividad?” (p. 68)
“Sabemos que la consciencia está ligada a algo enteramente contingente, tan contingente como la superficie de un lago en un mundo deshabitado: la existencia de nuestros ojos o de nuestros oídos.” (p. 79)
“El yo es lisa y llanamente un objeto.” (p. 81)
“Toda la dialéctica que a manera de ejemplo les presenté bajo el nombre de estadio del espejo se basa en la relación entre, por una parte, cierto nivel de tendencias, experimentadas –digamos por ahora en determinado momento de la vida- como desconectadas, discordantes, fragmentadas, -y de eso siempre queda algo- y, por la otra, una unidad con la cual se confunde y aparea. Esta unidad es aquello en lo cual el sujeto se conoce por primera vez como unidad, pero como unidad alienada, virtual. No participa de los caracteres de inercia del fenómeno de conciencia bajo su forma primitiva; por el contrario, tiene una relación vital, o contra-vital con el sujeto.” (p. 81)
“¿Dónde se encuentra a sí mismo el individuo en su función subjetiva, sino en el inconsciente? Es éste uno de los fenómenos más manifiestos que descubre la experiencia freudiana.” (p. 91)
“Lo importante, el sueño lo muestra, es que los síntomas analíticos se producen en la corriente de una palabra que intenta pasar. Esta palabra encuentra siempre la doble resistencia de lo que hoy, por ser tarde, llamaremos el ego del sujeto y su imagen. (…) Cualesquiera que sean los ecos primordiales e infantiles, el verdadero valor de este sueño está en la búsqueda de la palabra, en el abordaje directo de la realidad secreta del sueño, en la búsqueda de la significación como tal. (…) la única palabra clave del sueño es la naturaleza misma de lo simbólico.” (p. 242)
“… sólo en la dimensión de la verdad puede haber algo escondido. En lo real, la idea misma de un escondite es delirante: por lejos que haya ido alguien a llevar algo a las entrañas de la tierra, ese algo no está escondido, porque si ese alguien llegó hasta ahí pueden también llegar ustedes. Sólo se puede esconder aquello que pertenece al orden de la verdad.” (p. 302)
“Todo aquello que podría servir para definir a los personajes como reales –cualidades, temperamento, herencia, nobleza- en este asunto no sirve para nada. Cada cual es definido en cada momento, y hasta en su actitud sexual, por el hecho de que una carta siempre llega a su destino.” (p. 307)
“La libido permite hablar del deseo en términos que implica una objetivación relativa. Es, si así lo quieren, una unidad de medida cuantitativa. Cantidad que no saben medir, que no saben qué es pero que siempre suponen está allí.” (p. 332)
“… la conciencia no es universal. La experiencia moderna se ha despertado de una vieja fascinación por la propiedad de la conciencia, y considera la existencia del hombre en su estructura propia, que es la estructura del deseo. He aquí el único punto a partir del cual puede explicarse que haya hombres. No hombres en cuanto manada, sino hombres que hablan, con una palabra que introduce en el mundo algo que gravita tan pesadamente como todo lo real. (…) En realidad, el deseo sexual no tiene nada de objetivado en nuestra experiencia. No es una abstracción y tampoco una x depurada, como pasó a ser en física la noción de fuerza.” (p. 336)
“¿Es tan humano el sentido? Un sentido es un orden, es decir un surgimiento. Un sentido es un orden que surge. En él una vida insiste en entrar, pero él expresa quizás algo que está totalmente más allá de ella, pues cuando vamos a la raíz de esa vida, y detrás del drama del paso a la existencia, sólo encontramos la vida unida a la muerte. A esto nos conduce la dialéctica freudiana.” (p. 347)
“La vida sólo piensa en descansar lo más posible mientras espera la muerte. (…) La vida sólo sueña en morir. Morir, dormir, soñar quizá, como dijo cierto señor, precisamente en el momento en que de eso se trataba: to be or not to be.” (p. 348)
El Seminario, Libro 4, La relación de objeto (1956-57), Paidós, Barcelona, 1994. Cecilia Hoffman y Josep Maria Panés (Barcelona)
“… si lo consideramos en la perspectiva de la relación de objeto, resulta que el fetiche cumple en la teoría analítica una función de protección contra la angustia, y, cosa curiosa, la misma angustia, es decir, la angustia de castración. (…) en este caso, el objeto tiene cierta función de complemento con respecto a algo que se presenta como un agujero, incluso como un abismo en la realidad.” (p. 23)
“¿Por qué llega el niño a ocupar más o menos la posición de la madre con respecto al falo? ¿O por el contrario, en algunas formas muy particulares de dependencia en las que pueden presentarse anomalías con toda la apariencia de la normal, la posición del falo con respecto a la madre? ¿Qué le conduce hasta ahí? Lo que está en juego es el vínculo que el niño establece entre el falo y la madre.” (p. 60)
“Puede ocurrir, en efecto, que un accidente evolutivo o una incidencia histórica afecte a los vínculos de la relación madre-hijo con respecto al tercer objeto, el objeto fálico, lo que a la mujer le falta y, al mismo tiempo, el niño descubre que le falta a la madre. (…) A partir de un desplazamiento imaginario con respecto a su partener materno, el niño hará por ella la elección fálica, realizará en su lugar la asunción de su longing por el objeto fálico.” (p. 86)
“De todo lo que ocurre entonces, ¿qué es lo más importante? ¿Es el giro en redondo que la lleva a identificarse con el padre? Por supuesto, eso juega su papel. ¿Es acaso el hecho de que ella se convierta en ese hijo latente que en efecto podrá niederkommen cuando la crisis llegue a su término? (…) Lo más importante es esto –lo que desea está más allá de la mujer amada. (…) En el punto más extremo del amor, en el amor más idealizado, lo que se busca en la mujer es lo que le falta. Lo que se busca más allá de ella misma, es el objeto central de toda la economía libidinal –el falo.” (p. 112)
“Si es cierto que lo que se mantiene en el inconsciente de nuestra joven homosexual es la promesa del padre, Tendrás un hijo mío, y si en su amor exaltado por la dama muestra, como nos dice Freud, el modelo del amor absolutamente desinteresado, del amor por nada, ¿no ven ustedes que todo ocurre como si la chica quisiera mostrarle a su padre qué es un verdadero amor, ese amor que su padre le ha negado?” (p. 147)
“Freud nos dice de entrada en este artículo que el fetiche es el símbolo de algo (…) Por decirlo de una vez, el pene en cuestión no es el pene real, sino el pene en la medida en que la mujer lo tiene –es decir en la medida que no lo tiene.” (p. 154)
“Tomemos por ejemplo el travestismo. En el travestismo, el sujeto pone en tela de juicio su falo. Suele olvidarse que en el travestismo no se trata simplemente de homosexualidad más o menos transformada, que no se trata simplemente de un fetichismo diferenciado. Es preciso que el sujeto sea portador del fetiche. (…) El sujeto se identifica con una mujer, pero una mujer con falo, sólo que lo tiene a título de falo escondido. El falo siempre ha de participar de algo que lo vela. (…) Del mismo modo, en la homosexualidad masculina, por limitarnos hoy a este caso, también se trata para el sujeto de su propio falo, pero, cosa curiosa, el suyo buscado en otro.” (p. 196)
“En la relación con la madre el niño siente el falo como centro de su deseo, el de ella. Y él mismo se sitúa entonces en distintas posiciones por las cuales se ve llevado a mantener este deseo de la madre, es decir, exactamente camelándola.” (p. 226)
“La posición genital alcanzada por Juanito, ¿basta por sí sola para asegurar que su relación con la mujer será en el futuro todo lo que uno puede imaginar como más deseable? (…) Si bien Juanito está destinado a la heterosexualidad, ello no es tal vez garantía suficiente para pensar que así ya queda asegurada en su caso una plena consistencia del objeto femenino, por así decirlo.” (p.323)
“Sin duda, Juanito amará a las mujeres, pero en su caso seguirán fundamentalmente vinculadas con una especie de puesta a prueba de su poder. Por eso mismo precisamente todo nos indica que nunca dejará de temerlas. Por así decirlo, ellas serán sus dueñas.” (p.338)
“En un caso como éste, en el cual el sujeto se introduce en una relación edípica atípica, el ideal materno es muy precisamente lo que induce determinado tipo de situación y de solución en la relación del sujeto con el sexo. La salida se produce por identificación con el ideal materno.” (p. 419)
El Seminario, Libro 5, Las formaciones del Inconsciente (1957-1958), Paidós, Buenos Aires, 1999. Gemma Ribera Ureña (Tarragona)
“Creo que la clave del problema en lo referente al homosexual es ésta –si el homosexual, con todos sus matices, concede un valor predominante al objeto pene hasta el punto de convertirlo en una característica absolutamente exigible a la pareja sexual, es porque, de alguna forma, la madre le dicta la ley al padre, en el sentido en que les he enseñado a distinguirlo.” (p. 214)
“…esto no nos ha hecho dar un solo paso hacia la comprensión de un hecho sin embargo esencial, a saber, que un zapatito de mujer puede ser muy precisamente lo que provoca en un hombre el surgimiento de aquella energía que, se dice, está destinada a la reproducción de la especie.” (p. 237)
“Mediante el análisis de aquel fantasma de látigo es como Freud hizo entrar verdaderamente la perversión en su verdadera dialéctica analítica. No se revela como la manifestación pura y simple de una pulsión, sino que demuestra estar vinculada a un contexto dialéctico tan sutil, tan compuesto, tan rico en compromisos tan ambiguo como una neurosis.” (p. 238)
“Este polo es un objeto. Es el eje, central en toda la dialéctica de las perversiones, de las neurosis e incluso, pura y simplemente, del desarrollo subjetivo. Tiene un nombre.   Se llama el falo.” (p. 240)
“En la perversión hay siempre algo que el sujeto no quiere reconocer, con lo que este quiere supone en nuestro lenguaje –lo que el sujeto no quiere reconocer sólo se concibe como algo que está ahí articulado, pero que sin embargo no solo es desconocido por su parte sino reprimido por razones esenciales de articulación.” (p. 242)
“…frecuentemente hemos de considerar que el falo entra en juego en el sistema significante a partir del momento en que el sujeto tiene que simbolizar, en oposición al significante, el significado en cuanto tal, quiero decir la significación.” (p. 248)
“Se dice habitualmente en el análisis que la relación con el hombre supone por parte de la mujer cierto masoquismo. Es uno de aquellos errores de perspectiva a los que nos conduce constantemente no sé qué deslizamiento de nuestra experiencia hacia la confusión u hacia lo más trillado.” (p. 256)
“La función constituyente del falo en la dialéctica de la introducción del sujeto a su existencia pura y simple y a su posición sexual es imposible de deducir si no hacemos de él el significante fundamental por el que el deseo del sujeto ha de hacerse reconocer como tal deseo, trátese del hombre o de la mujer.” (p. 281)
“Como naturalista es como Freud nos dice- lo que me muestra mi experiencia es que también en la mujer y no sólo en el hombre el falo está en el centro.” (p. 282)
“Si la mujer ha de pasar por aquel significante, por paradójico que sea, es porque no se trata de realizar una posición hembra dada primitivamente, sino de entrar en una dialéctica determinada por el intercambio.” (p. 292)
“Ahora bien, para que el niño entre en esa dialéctica social significante, ¿qué observamos? Precisamente lo siguiente, que no hay ningún otro deseo del que dependa más estrecha y directamente que el deseo de la mujer, en tanto que es significado precisamente por lo que le falta, el falo.” (p. 293)
“En verdad estas discusiones muestran que de lo que se trata no es de esto o de lo otro, sino de otra cosa. Es algo que tiene cierta relación con los órganos, pero cierta relación de cuyo carácter significante no hay lugar a dudas. Lo que predomina es el carácter significante.” (p. 316)
“¿Por qué se habla de falo y no pura y simplemente de pene? ¿Por qué vemos, efectivamente, que una cosa es la forma en que hacemos intervenir el falo y la otra es la forma en que el pene lo suple de una manera más o menos satisfactoria, tanto para el sujeto masculino como para el femenino? ¿En qué medida el clítoris está implicado en esta ocasión en lo que podemos llamar las funciones económicas del falo?” (p. 354)
“Si los destinos de la niña y el niño son distintos, es porque la castración se encuentra primero en el Otro.” (p. 357)
“…todo lo que muestra de su feminidad está relacionado precisamente con esa identificación profunda con el significante fálico, el más vinculado con su feminidad.” (p. 358)
NOTAS:
[1] Trabajo elaborado en preparación de las XIII Jornadas de la ELP: “Las elecciones del sexo: de la norma a la invención.”, celebradas el 6 y 7 de diciembre de 2014 en Madrid.
Tomado de: http://jornadaselp.com/2014/10/de-la-imaginarizacion-a-la-significantizacion-del-goce-referencias-bibliograficas-de-lacan-en-los-seminarios-1-al-5/

Del Goce Real al Goce Normal

(Segunda entrega del trabajo elaborado por los miembros del equipo de la Biblioteca del Campo freudiano de Barcelona y de Tarragona, en preparación de las XIII Jornadas de la ELP: “Las elecciones del sexo: de la norma a la invención.”, celebradas el 6 y 7 de diciembre de 2014 en Madrid)
En lo que J.-A. Miller nombra como tercer paradigma del goce, este aparece en una nueva dimensión. En el Seminario de Lacan La ética del psicoanálisis, el goce es asignado a lo real, en tanto la satisfacción pulsional queda por fuera de lo simbolizado. La defensa designa ahora una orientación primera del ser, previa incluso a que se formulen las condiciones de la represión como tal. Se trata de un periodo de la enseñanza en el que se produce una profunda disyunción entre el significante y el goce. La libido aparece fuera de todo significante y significado, siendo el principio del placer, la homeostasis, una barrera al goce y sus excesos. Y el síntoma es atribuido a la defensa, al carácter estructuralmente inarmónico de la relación con el goce.
En una trayectoria inversa, nos encontramos en el cuarto paradigma con una nueva alianza, una articulación entre lo simbólico y el goce. Así, en el Seminario Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, el goce aparece fragmentado en objetos a, a los que se accede por la pulsión en su trayecto de ida y vuelta. El mecanismo de alienación y separación articula el simbolismo y el goce, para mostrar que el goce se inserta en el funcionamiento significante.
En este cuarto paradigma, la estructura del sujeto y la del goce se superponen, siendo que a la falta-en-ser propia del primero, se impone una definición de la pulsión que incluye una hiancia. Se trata de una comunidad de estructura entre el inconsciente simbólico y el funcionamiento de la pulsión, siendo el primero estructurado de la misma manera que un una zona erógena, en tanto borde que se abre y se cierra. Y la libido aparece como órgano, objeto perdido, en tanto pérdida natural, independiente del significante, viniendo la pulsión a colmar esta pérdida. Este paradigma extrae a como elemento de goce, sustancial como tal, que comparte la estructura elemental con el significante; pero, por otro lado, siendo el objeto a sustancial, el significante es material. Es lo que diferencia el objeto del significante.
El Seminario, Libro 7, La Ética del Psicoanálisis (1959–1960), Paidós, Buenos Aires, 1988. Gemma Ribera Ureña (Tarragona)
“Las técnicas en juego en el amor cortés –son lo bastante precisas como para permitirnos entrever lo que, dado el caso, podría ocurrir de hecho en lo que respecta al orden sexual en sentido estricto, en la inspiración de este erotismo- son técnicas de la circunspección, de la suspensión, del amor interruptus.” (p. 186)
“Ahora bien, la paradoja de lo que se puede denominar, desde la perspectiva del principio del placer, el efecto del Vorlust, de los placeres preliminares, es que justamente subsisten en oposición a la dirección del principio del placer. En la medida en que se sostiene el placer de desear, es decir, en todo su rigor, el placer de experimentar un displacer, puede hablarse de la valorización sexual de los estados preliminares del acto del amor.” (p. 187)
“No ver que la sexualidad está allí, en el niño pequeño, desde el origen e incluso mucho más durante la fase que precede al período de latencia, es internarse en dirección contraria a toda la aspiración y el descubrimiento freudianos. Si se ha insistido tanto sobre las fuentes pregenitales de la sublimación es precisamente por esta razón. El problema de la sublimación se platea mucho antes del momento en que se vuelve clara, patente, accesible a nivel de la conciencia de la división entre las metas de la libido y las metas del yo.” (p. 193)
“El cambio de objeto no hace desaparecer, lejos de ello, el objeto sexual –el objeto sexual, acentuado como tal, puede nacer en la sublimación. El juego sexual más crudo puede ser el objeto de una poesía, sin que ésta pierda sin embargo su mirada sublimante.” (p. 197)
“Cuando se avanza en dirección a ese vacío central, en tanto que, hasta el presente, el acceso al goce se nos presenta de esta forma, el cuerpo del prójimo se fragmenta.” (p. 244)
El Seminario, Libro 8, La Transferencia (1960-1961), Paidós, Buenos Aires, 2003. Catherine Galaman (Tarragona)
“El hombre que se interroga, no sobre su lugar, sino sobre su identidad, no debe orientarse en el interior de un recinto limitado que sería su cuerpo, sino en lo real total y bruto con que se enfrenta. No nos escapamos de esta ley cuyo resultado es que siempre deberemos situarnos en el punto preciso de esa delineación de lo real en que consiste el progreso de la ciencia.” (p. 91)
“Esto concierne en primer lugar a las paradojas de la situación del niño, a saber, que en él se trata de un deseo todavía frágil, incierto, prematuro, anticipado. Pero esta observación nos enmascara a fin de cuentas lo que está en juego –es simplemente la realidad del deseo sexual a la cual no está adaptada, por así decir, la organización psíquica en tanto que es psíquica, y ello en cualquiera de sus niveles. Porque el órgano sólo se aborda transformado en significante y, para ser transformado en significante, es cortado.” (p. 264)
“La relación innombrada -por innombrable, por indecible– del sujeto con el significante puro del deseo se proyecta en el órgano localizable, preciso, situable en alguna parte en el conjunto del edificio corporal. De ahí el conflicto propiamente imaginario consistente en verse a sí mismo como privado, o no privado, de este apéndice. Es alrededor de este punto imaginario donde se elaboran los efectos sintomáticos del complejo de castración.” (p. 279)
“Tal es también, en nuestra elaboración del espejo, la función que desempeña de una manera determinada la imagen del sujeto. Cuando llega a percibir esta imagen, de pronto se le propone ahí algo que no se limita a recibir la visión de una imagen en la que se reconozca. Esa imagen se presenta ya como una Urbild ideal, algo que al mismo tiempo va hacia delante y hacia atrás –algo de siempre, algo que subsiste de por sí, algo frente a lo cual él percibe sus propias fisuras de ser prematuro y se experimenta a sí mismo como todavía insuficientemente coordinado como para responder a una totalidad.” (p. 391)
“Es mi vieja temática del estadio del espejo, en la que veo una referencia ejemplar, altamente significativa. Nos permite presentificar los puntos clave –o los puntos-encrucijada– y concebir la renovación de esta posibilidad siempre abierta para el sujeto de un autoquebramiento, un autodesgarramiento, una automordedura, frente a lo que es al mismo tiempo él y otro. Hay una cierta dimensión de conflicto, que no tiene más solución que un o bien…, o bien… Es preciso, o bien tolerar al otro como una imagen insoportable que lo enajena de sí mismo, o bien quebrarla inmediatamente, derribarla, anular esa posición de ahí enfrente con el fin de conservar lo que es en este momento centro y pulsión de su ser, evocado por la imagen del otro, ya sea especular o encarnada. El vínculo de la imagen con la agresividad es aquí completamente articulable.” (p. 391)
“De este Otro, en la medida en que el niño frente al espejo se vuelve hacia él, ¿qué puede llegarle? Nosotros decimos que no puede llegarle sino el signo imagen de a, esa imagen especular, deseable y destructiva al mismo tiempo, efectivamente deseada o no. He aquí lo que ocurre con aquel hacia quien el sujeto se vuelve, en el lugar mismo donde en ese momento se identifica, en la medida en que sostiene su identificación con la imagen especular.” (p. 393)
“Esta mirada del Otro, debemos concebir que se interioriza mediante un signo. Con esto basta. Ein einziger Zug. No hay necesidad de todo un campo de organización y de una introyección masiva. Este punto de I mayúscula del rasgo único, ese signo del asentimiento del Otro, de la elección de amor, sobre el cual el sujeto puede operar, se encuentra ahí en algún lugar y se ajusta al desarrollo del juego del espejo. Basta con que el sujeto llegue a coincidir con él en su relación con el Otro, para que este pequeño signo, este einziger Zug, se encuentre a su disposición.” (p. 395)
“… el ser hablante es esencialmente la falta en ser de cierta relación con el discurso (…) Esta falta en ser, el sujeto sólo puede colmarla, ya se lo indiqué, mediante una acción que, como ustedes pueden percibir mejor en el contexto de este paralelismo, adquiere muy fácilmente, quizás siempre de forma radical, un carácter de huida hacia delante.” (p. 409)
El Seminario, Libro 10, La Angustia (1962-1963), Paidós, Buenos Aires, 2006. Gabriela Galarraga
“En el perverso, las cosas están, por así decir, en su sitio. El a se encuentra allí donde el sujeto no puede verlo, y el S tachado está en su lugar. (…) el sujeto perverso (…) se ofrece lealmente al goce del Otro.” (p. 60)
“Ya he señalado una carencia en la investigación científica al decir que no habíamos hecho dar un solo paso a la cuestión fisiológica de la sexualidad femenina. Podemos acusarnos de la misma falla en lo referente a la impotencia masculina.” (p. 103)
“… voy a servirme del fetiche en cuanto tal, pues en él se devela la dimensión del objeto como causa del deseo. ¿Qué es lo que se desea? No es el zapatito, ni el seno, ni ninguna otra cosa en la que encarnen ustedes el fetiche. El fetiche causa el deseo. El deseo, por su parte, va a agarrarse donde puede. (…) para el fetichista es preciso que el fetiche esté ahí. El fetiche es la condición en la que se sostiene su deseo.” (p. 116)
“El deseo sádico, con todo lo que tiene de enigma, sólo es articulable a partir de la esquicia, la disociación, que apunta a introducir en el sujeto, el otro, imponiéndole hasta cierto límite algo imposible de tolerar -el límite exacto en que aparece en el sujeto una división, una hiancia, entre su existencia de sujeto y lo que soporta, lo que puede sufrir en su cuerpo.” (p. 117)
“…reconocerse como objeto de deseo, en el sentido en que yo lo articulo, es siempre masoquista.” (p. 118)
“Cuando el deseo y la ley se encuentran juntos, lo que el masoquista pretende hacer manifiesto (…) es que el deseo del Otro hace la ley. (…) Es que el propio masoquista aparece en la función que yo llamaría de deyecto. Es nuestro objeto a, pero bajo la apariencia de lo deyectado, echado a los perros, a los despojos, a la basura, al desecho del objeto común, a falta de poder ponerlo en alguna otra parte.” (p. 120)
“Creo que les he mostrado aquí el juego de ocultación mediante el cual, en el sádico y en el masoquista, angustia y objeto se ven llevados a ocupar el primer plano, un término a expensas del otro.” (p. 180)
“En cuanto al orgasmo, hay una relación esencial con la función que definimos como la caída de lo más real del sujeto.” (p. 183)
“… el masoquista se dirige a la angustia del Otro. Esto es lo que permitirá desbaratar la maniobra. (…) Lo patente es que el sádico busca la angustia del Otro. Lo que aquí se enmascara de este modo es el goce del Otro.” (p. 192)
“Acerca de un tema siempre tan delicado como el de las relaciones entre el hombre y la mujer (…) este malentendido es estructural. Sin embargo, (…) hablar de malentendido no equivale en absoluto a hablar de fracaso necesario.” (p. 194)
“Toda exigencia de a en la vía de esa empresa del encuentro con la mujer -a que he adoptado la perspectiva androcéntrica- no puede sino desencadenar la angustia del Otro, precisamente porque no hago de él más que a, porque mi deseo lo aíza, por así decir. Es ciertamente por eso por lo que el amor-sublimación permite al goce condescender al deseo.” (p. 195)
“… si la mujer suscita mi angustia, es en la medida en que quiere mi goce, o sea, gozar de mí. (…) no hay deseo realizable que no implique la castración. En la medida en que se trata de goce, o sea, que ella va a por mi ser, la mujer sólo puede alcanzarlo castrándome.” (p. 196)
“La mujer demuestra ser superior en el domino del goce, porque su vínculo con el nudo del deseo es mucho más laxo.” (p. 200)
“Ella se tienta tentando al Otro (…) Es el deseo del Otro lo que le interesa.” (p. 207)
“El masoquismo femenino es un fantasma masculino.” (p. 207)
“… la mujer es mucho más real y mucho más verdadera que el hombre.” (p. 208)
(En referencia al Die Don Juan Gestalt de Rank, “libro execrable”): “Don Juan es un sueño femenino.” (p. 209)
“En la mujer, es inicialmente lo que ella no tiene lo que constituye al principio el objeto de su deseo, mientras que, en el caso del hombre es lo que él no es y en qué punto desfallece.” (p. 219)
“… en el vínculo homosexual es la castración lo que está en juego. El homosexual asume esta castración. El objeto del juego (juego a que quien pierde gana) es el (-φ), y si gana es en la medida en que pierde.” (p. 221)
“Si se puede decir que el goce del hombre y el de la mujer no se conjugan orgánicamente, es porque el hombre no llevará nunca hasta ese punto el extremo de su deseo. En la medida en que el deseo del hombre fracasa, la mujer se ve llevada (…) a la idea de tener el órgano del hombre, como si fuera un verdadero amboceptor, y esto es lo que se llama el falo. Al no realizar el falo, salvo en su evanescencia, el encuentro de los deseos, se convierte en el lugar común de la angustia.” (p. 287)
“El falo es lo que, para cada uno, cuando es alcanzado, precisamente lo aliena del otro.” (p. 290)
“Que el falo no se encuentra allí donde se lo espera, allí donde se lo exige, o sea, en el plano de la mediación genital, esto es lo que explica que la angustia sea la verdad de la sexualidad.” (p. 291)
“… el hecho de que el deseo macho encuentre su propia caída antes de la entrada en el goce de la pareja femenina, e incluso el hecho de que el goce de la mujer se aplaste (…) en la nostalgia fálica, implica que la mujer se ve exigida, diría que casi condenada, a no amar al Otro macho más que en un punto situado más allá de aquello que la detiene a ella también en cuanto deseo, que es el falo.” (p. 327)
“El Otro macho no es el Otro en tanto que se trataría de estar unido al Otro. El goce de la mujer está en ella misma. No se une con el Otro.” (p. 328)
“Debido a la propia estructura evocada, el hombre sólo está en la mujer por delegación de su presencia, bajo la forma de ese órgano caduco, órgano del que es fundamentalmente castrado en la relación sexual y por la relación sexual.” (p. 328)
“Hablar aquí de don no es sino metáfora. Es demasiado evidente que el macho no da nada. La mujer tampoco. Y sin embargo, el símbolo del don es esencial en la relación con el Otro.” (p. 328)
El Seminario, Libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, (1964), Paidós, Buenos Aires, 1990. Gemma Ribera Ureña (Tarragona)
“La existencia, gracias a la división sexual, se basa en la copulación, acentuada en dos polos que la tradición secular se empeña en caracterizar como polo macho y polo hembra. Y en esto radica la reproducción. Desde siempre, en torno a esa realidad fundamental se han agrupado, armonizado, otras características más o menos ligadas a la finalidad de la reproducción. Aquí sólo puedo indicar de pasada lo que se asocia en el registro biológico con la diferenciación sexual, en forma de características y funciones sexuales secundarias. Hoy sabemos cómo, sobre este terreno, se fundó en la sociedad una repartición muy compleja de las funciones según un juego de alternancias. El estructuralismo moderno ha logrado precisarlo al mostrar que los intercambios fundamentales ocurren en el plano de la alianza, opuesto al de la generación natural, al del linaje biológico, es decir, en el plano del significante. Y allí, justamente encontramos las estructuras más elementales del funcionamiento social, estructuras que han de inscribirse en términos de combinatoria. La integración de esa combinatoria a la realidad sexual suscita la pregunta de si será ésa la vía por la que llegó al mundo, al mundo del hombre, el significante.” (p. 156-7)
“… en lo referente a la instancia de la sexualidad, la situación es la misma para todos los sujetos, así sean niños o adultos –todos se enfrentan sólo con la sexualidad que pasa por las redes de la constitución subjetiva, las redes del significante- la sexualidad sólo se realiza mediante la operación de las pulsiones en la medida que son pulsiones parciales, parciales respecto de la finalidad biológica de la sexualidad.” (p. 184)
“Ya ven cómo la pulsión genital tiene que ir a que la conformen en el lado derecho, en el campo del Otro”. (p. 196)
“Nunca, en ninguna parte, Freud sostiene que, psicológicamente, haya otra manera de captar la relación masculino-femenino que no sea por el representante de la oposición actividad-pasividad.” (p. 199)
“Ahora nos queda (…) mostrar que la sexualidad como tal hace acto de presencia, ejerce su actividad propia, por intermedio de las pulsiones parciales, aunque eso parezca paradójico.” (p. 201)
“En el psiquismo no hay nada que permita al sujeto situarse como ser macho o ser hembra.” (p. 212)
“… las vías de lo que hay que hacer como hombre o como mujer pertenecen enteramente al drama, a la trama, que se sitúa en el campo del Otro –el Edipo es propiamente eso.” (p. 212)
“La sexualidad se instaura en el campo del sujeto por la vía de la falta.” (p. 212)
“La falta real es lo que pierde el ser viviente, de su porción de viviente, por reproducirse por la vía sexuada. Esa falta es real porque remite a algo real –que el ser viviente, por estar sujeto al sexo, queda sometido a la muerte individual.” (p. 213)
“La experiencia analítica sustituye esta representación mítica del misterio del amor por la búsqueda que hace el sujeto, no del complemento sexual, sino de esa parte de sí mismo, para siempre perdida, que se constituye por el hecho de que no es más que un ser viviente sexuado, que ya no es inmortal.” (p. 213)

“El atravesamiento del fantasma a partir de la ultimísima enseñanza de Lacan”

  Florencia Borgoglio Introducción   Las dos teorías del Pase en Lacan, muestran el cambio en la teorización en relación del lugar...