domingo, 13 de septiembre de 2020

¿Conoce usted a su pareja?

 



El ser humano no cuenta con el programa animal para relacionarse, desde que habla y es hablado por el Otro desde su concepción, pierde la posibilidad de la programación de los instintos.

Los seres hablantes llegan a un mundo de lenguaje, a un lugar simbólico que los espera: “la princesa”, “el del medio”,  “la más chiquita”, “un error”, “Salvador”  etc. Con esa coyuntura se encuentra cada uno cuando llega al mundo y deberá responder a lo que lee en el deseo del Otro, respuesta que a la vez se convertirá en la matriz, el lente a través del cual leerá las relaciones en su vida, en un desconocimiento radical de las coordenadas que eso marca.

Los animales entonces, tienen el instinto, el instinto sabe, es un programa, empieza y termina, es para todos igual. El humano es hablado, demanda, y entre lo que demanda y lo que obtiene está el deseo, indestructible y desconocido, nunca cierto, engañoso.

Está también el modo de goce de cada uno, que incluye al cuerpo, es lo que funciona y a la vez no cesa de disfuncionar, se repite. Es lo que hace lazo, suplencia. Es con ese modo de goce, con esa matriz que cada uno elige su partenaire, con el modelo de lo que construyó en el lazo con su primer Otro, en esa singularísima relación.

Eso puede funcionar toda la vida, de hecho, funciona. Puede suceder que un día, en una coyuntura particular, eso que formaba parte de la relación normal de ese sujeto con el mundo le hace pregunta. ¿Cómo puede ser que me encuentre con lo mismo?, por distintos caminos, en diversos ámbitos, es siempre lo mismo.

O suele ocurrir que advenga una pérdida, un desequilibrio, en la realidad cotidiana, la de todos los días o en algo como un sueño, un fallido. Algo que marca una ruptura, lo que funcionaba disfuncionando pierde sentido y el sujeto ya no encuentra dónde hacer pié.

También suele ocurrir que suceda la pérdida del objeto de amor, el amor que había, el que se era para alguien, un lugar en el mundo.

Y entonces, este sujeto decide consultar a un psicoanalista. Le trae esto que no funciona y dice: “Arréglemelo”. Es en este camino que existe la posibilidad (en el mejor de los casos) de que este sujeto se pregunte con qué hace pareja, qué lleva a todos lados, cuál es su modo de goce, su forma de leer al mundo, esa matriz que determina que se encuentre siempre con lo mismo: “Ser el salvador”, “la más chiquita”, “la que da todo”. Que se encuentre siempre con los mismos imperativos, las mismas respuestas (o no respuestas) del Otro.

El psicoanalista sabe, que el sujeto quiere desprenderse de lo que lo aqueja, pero a la vez lo ama, lo atesora. Sabe de la división, de aquélla parte de la cual le será difícil separarse y que desconoce.

Así, recurrir a un análisis, es introducir un partenaire suplementario a la partida en la que cada uno juega su relación con su partenaire, un partenaire del cual el sujeto nada sabe.

… “Y en el análisis, lo que se descubre es que su verdadero partenaire es siempre lo que es imposible de soportar. Su verdadero partenaire es su real lo que resiste y que lo mantiene ocupado”.[1]

Jacques Alain Miller, en su curso de 1997, propone el sintagma partenaire- síntoma para trabajar esta cuestión ¿Cuál es el partenaire del sujeto?, ¿cuál es el partenaire con el que el sujeto juega su partida?

Según la Real Academia Española, el partenaire “es aquél que interviene como compañero o pareja en alguna actividad” y dice “especialmente en un espectáculo”. Tomo esta aclaración para pensar en la dimensión de la escena que eso tiene, pensado desde el escenario y la escena que cada sujeto monta, en la cual la “realidad” no existe sino que cada uno arma una escena cuyos hilos desconoce en relación con la coyuntura fantasmática.

El síntoma, tomado en este sintagma, no es el síntoma en su dimensión de verdad, de lo interpretable. Es el síntoma tomado en su cara de núcleo de goce, de aquello que es un funcionamiento, de aquello que permite que el funcionamiento siga su curso:

… “Lo que Freud no sólo destaca sino que además construye alrededor de esto es que el sujeto en el síntoma continúa gozando por otros medios, continúa gozando a través del síntoma, que el síntoma es la continuación de goce por otros medios. Los síntomas se prestan (como lo expresa Freud) para representar satisfacciones.[2]

En el seminario citado, Miller trabaja la cuestión de la elección del partenaire, en tanto este encarna lo que hace síntoma para el sujeto, cuando el partenaire encarna lo imposible de soportar o cuando el sujeto se encuentra él mismo como lo imposible de soportar para el otro.

Es desde esa perspectiva, en el encuentro que da forma al libro “La pareja y el amor” Miller describe modelos de relación posibles: El modelo narcisista, basado en una identificación simbólica, el modelo fantasmático, el modelo sintomático y el modelo del amor.

Describe el modelo narcisista como aquél en el cual se elige en función de lo que se querría ser, como por ejemplo, un hermano en función de Yo Ideal, donde se pone en juego una función imaginaria. Da el ejemplo de una mujer, que elige a un hombre en función de lo que ella misma hubiera querido ser.

Segundo, el modelo narcisista, basado en una función simbólica, en el cual se destaca una identificación a uno de los padres, sosteniendo el modelo narcisista “Como el padre” o “como la madre”, como el sostén o la interferencia que sostiene el disfuncionamiento. 

Tercero, el modelo fantasmático. Este modelo es descripto en relación a cuando la pareja parece responder a un fantasma del sujeto. Es allí donde aparece en primer plano el fantasma en su dimensión de escena y en el cual el partenaire tiene un lugar asignado y ambos fantasmas son complementarios. En cada pareja, siempre hay una complementariedad fantasmática, pero en este modelo, esta complementariedad está en primer plano y esto es lo que sostiene el funcionamiento o el disfuncionamiento permanente, en un vínculo fuerte.

Cuarto, el modelo sintomático. En este modelo, lo que se pone en primer plano es el disfuncionamiento, que el partenaire no está fuera del sujeto, aclara Miller que es distinto del yo (distinción fundamental) pero no está afuera del sujeto, en tanto que constituye, que es equivalente a un síntoma.

En la quinta dimensión, aparece la distinción entre la dimensión cerrada del goce autoerótico y la dimensión del amor que se abre al otro. El amor, dice Miller es lo que diferencia al partenaire de un puro síntoma. El amor, es lo que proyecta al síntoma en el afuera. Asimismo, introduce la idea  que en cierta medida, el partenaire es un semblante cuyo real es el síntoma. Es allí donde aparece claramente el sesgo de semblante del partenaire y de que lo real del partenaire es un síntoma del sujeto.

Entonces, podríamos pensar que el sujeto desconoce con quién hace pareja hasta que llega a un análisis. Es allí donde en el mejor de los casos puede aparecer la pregunta acerca de la pareja de cada sujeto y de quién encarna para él o ella su síntoma.

Es con el analista que cada uno descubre con quién se relaciona cada vez, de qué manera y cuáles son los hilos que entretejen esas relaciones. Lacan hablaba de un amor más advertido al final de un análisis. Advertido de las imposibilidades, atravesado por la falta y más cercano a la idea de que el amor es “Valentía ante fatal destino”.

 

                                                                                                                                  Florencia Borgoglio


Bibliografía

Lacan, J.: El seminario,Libro 20, Aun. Paidós, Bs. As., 1991.

Miller, Jacques Alain. “Algunos problemas de pareja”. 15ª episodio de la serie “Historia de…psicoanálisis” transmitido por France culture el 17 de junio de 2005

Miller, Jacques Alain. “El partenaire síntoma”, Buenos Aires: Paidós 2008.

 





viernes, 29 de mayo de 2020

Sobre el amor, el goce y el deseo. Y Turandot. Elaine Cossio



I.- Amor, deseo, goce
El fracaso de la armonía entre los sexos es consustancial a nuestra propia condición de seres hablantes, según la enseñanza de Lacan. ¿De dónde pudiera provenir, entonces, el ideal de conjunción, de relación de verdadera complementariedad con un partenaire predestinado y, en suma, la ilusión del encuentro, si no es por la vía del amor?

Sabemos que el amor ha sido uno de los temas más caros al ser humano. Ahí asistimos al hecho trascendental de que la cultura consiste, en buena medida, en un cúmulo de historias que involucran pasiones, acicates, violencias, uniones, sufrimientos, heroicidades y abatimientos, en nombre del amor.

Lacan habló de amor, también. Y se refirió al tema desde distintos ángulos, como no podría ser de otra manera, por el autor, y por lo difícil de tratar un tema tan escurridizo y que trasvasa tantos aspectos de la experiencia humana. Y porque el psicoanálisis es una apuesta que inicia con el amor (¿tan sorpresiva fue, realmente, la transferencia para Freud cuando se aventuró a tratar con el inconsciente?) y tiene, al final del recorrido de un análisis, algo nuevo que tramitar en cuanto al amor.

"Dar lo que no se tiene" (decía Lacan con respecto al amor) tiene que ver con el concepto de falta, en la enseñanza de Lacan, pues amar es mostrarse en falta, revelar que algo quiere alcanzarse en el otro. Es por esto que el amor involucra a la castración, y amar es un poco experimentar esa falta, esa castración.

Es el amante (erastés) el que activamente ubica en aquél amado (eromenós) el objeto que puede obturar la falta propia. El interjuego de la verdadera metáfora del amor, sería que se logre la inversión a nivel del objeto de amor: que el eromenós devenga a su vez amante, que se convierta en sujeto en falta. Un exquisito análisis de El banquete, de Platón, desarrolla Lacan en su Seminario VIII, La Transferencia, haciéndonos entender no solamente la temática central del amor revelado en la transferencia en el dispositivo analítico, la metáfora amorosa, la elección del objeto de amor en el sujeto, etc, sino, y muy especialmente, nos enseña respecto del lugar que ocupa el analista en la cura, a quien el paciente, por estructura, desliza su demanda de amor y le instituye como objeto de amor (eromenós).

La transferencia es un asunto de amor, visualizó Freud desde el principio.

Amor es lo que engaña, decía Lacan, porque es donde se cree en la ilusión que dos pueden hacen uno.

Pero también es fundante el amor en psicoanálisis porque en el amor se trata siempre de suponerle saber al Otro con respecto a algo que concierne íntimamente a cada uno de nosotros. Miller lo describe como: amo a aquél a quien le supongo un saber sobre mí que desconozco.

J. A. Miller elabora el concepto de amor como el lazo que anuda el saber y el inconsciente, pues amando al saber inconsciente es como único podría inaugurarse una experiencia de análisis: suponiéndole al inconsciente (/A) un saber a descifrar. De esto se trata el amor al saber del inconsciente : que, para que el inconsciente exista como saber, hace falta el amor.

Pero también me interesa desarrollar una frase más lapidaria de Lacan con relación al tema del amor: "Sólo el amor permite al goce condescender al deseo", que avanza en su Seminario X (La Angustia, Pg.194) y que involucra a estos tres conceptos en interrelación, al hacer del amor un mediador entre el goce -autoerótico, del Uno- con el deseo -que tiene que ver con el campo del Otro, y con lo incesante de la búsqueda del objeto en los predios del Otro-.

Tendríamos que introducir también en esta interrelación goce/amor/deseo, que las condiciones de elección del objeto de nuestro amor, las causas de nuestro deseo y las fijaciones de goce están cristalizadas e interrelacionadas entre sí para cada uno de nosotros de una manera particular. Por lo que, cuando se habla de amor, necesariamente puede tenderse también el arco de la línea del deseo en ese sujeto, y pueden atisbarse ciertas fijaciones libidinales, de goce, al escoger a este y no a otro partenaire. Es el amor condicionado por el modo de gozar de cada quien. O también podríamos decir, en el amor está escondido, velado, el objeto a.

La manera en que puedo aprehender el sentido de esta frase lacaniana de que "sólo el amor permite al goce condescender al deseo", tiene que ver precisamente con la articulación posible entre el goce (la satisfacción que se procura sólo del Uno -autista, se ha dado en llamar también- sin la intervención del A, pues el goce es siempre goce del cuerpo propio) y el Otro, en la primigenia constitución del sujeto como tal. El sujeto surge (Esquema del cociente del sujeto, Seminario X) de esa necesaria operación del significante (del Otro) sobre la Cosa, el goce mítico. Y, de esta operación, que no es nunca completa, que siempre deja un resto no simbolizable, una hiancia de no reabsorción del goce por entero en el Otro, queda el objeto aźnica posibilidad de acceder a encontrar en el Otro ése objeto para la satisfacción pulsional.

Es decir, el circuito consiste en cómo se involucrará en la cultura (Otro), a partir de entonces, el goce de las pulsiones a través del objeto a (aquí se tomarán como semblantes del objeto a, todos los objetos de las pulsiones parciales: pecho, heces, etc). Y he aquí que entonces, el sujeto va a buscar en el Otro el objeto de satisfacción de su pulsión.

Recordemos que el objeto a sería el sustituto de aquél objeto perdido para siempre (Freud), sería el molde hueco que soportará los objetos de la pulsión.

Miller añade que "es en el campo del Otro donde la pulsión encuentra los semblantes necesarios para su autoerotismo…" (El síntoma charlatán, Pg 49)

Por tanto, el amor sería un lazo que permitiría ir del Uno al Otro, esto es, del goce del Uno, a la búsqueda de un objeto de deseo (campo del Otro) que civiliza en su insaciabilidad. Porque el sujeto trata, por la vía del amor, de inscribir su goce propio en una relación con el Otro. Así, el lazo del amor (esa fuerza que une, que busca siempre a otro) es el intermediario casamentero que hará condescender al goce en el campo del deseo.

Las dificultades del encuentro entre los sexos, es una cuestión estructural (Lacan lo decía: no hay relación sexual) pues no hay nada escrito o predestinado que adjudique al sujeto su objeto de satisfacción, o la complementariedad. Y si no hay nada escrito, hay todo por tratar de escribir allí: el amor puede ser el engaño que vele esta falta, puede ser, pues, un semblante más, allí, ante lo real.

II.- Turandot
La bella ópera Turandot, de Puccini, nos exalta con el deleite que toda obra artística logra en el espectador, y también pudiera acompañarnos para seguir trabajando estos conceptos de amor y goce.

¿Acaso no se trata siempre de que el enaltecimiento del amor, el obstáculo que enfrenta la procuración del amado, la vicisitud del deseo y el enredo terco que nos depara la fijación, es lo que más nos conmueve?

Una historia de imposibilidad reúne a los tres personajes, dos mujeres (Turandot, la gélida princesa china; y Liú, la dulce y enamorada esclava) y un hombre, Calaf, el príncipe extranjero.

En virtud del amor por la princesa Turandot, el príncipe está dispuesto a someterse al desafío insensato que ha prescrito ella para obtenerla en casamiento: deberá resolver tres enigmas, si no lo consigue, morirá decapitado. (Canta Turandot: Hay tres enigmas y una sola muerte). Él está decidido a jugarse la vida. Sometido pues, y sin titubeos, ha escogido a esta frívola pero bella amada, y ha escogido con ella tal situación en la que apuesta nada menos que su vida, viéndose aquí también que las condiciones de amor, y la fijeza del goce, se empalman con lo absoluto, en la terquedad de que de ha de ser ésta mujer y no otra (Los ministros de palacio -¡tres también en la ópera!- cantan intentando persuadirle: hay cientos de mujeres, todas tienen dos brazos, dos piernas, que se aleje de ésta y su absurdo desafío).

Pero las buenas respuestas a los enigmas (la esperanza, la sangre, Turandot) del príncipe Calaf atraen más tragedia aún en la historia. La tristeza invade a Turandot por tener que ser desposada, aún cuando se había resguardado bien de rehuir todo encuentro con lo que más teme anteponiendo tal complicado tinglado de enigmas casi indescifrables (¿no resuena también aquí algo del entramado simbólico que el sujeto hablante coloca allí ante el horror de la castración?). Y el príncipe, todavía en la línea del amor desmesurado por ella, le hace una proposición con la que vuelve a colocarse a sí mismo en una situación que, nuevamente, le coloca en peligro de muerte: si ella consigue conocer el nombre de él antes del alba, entonces no la desposará, y morirá decapitado.

Habrá que subrayar aquí el lugar central de la muerte en esta historia. La muerte entrelazada a la pulsión - el goce- que procura su satisfacción a toda costa. La elección que cada personaje hace en la historia, conlleva un extremo que le puede conducir a la muerte, no obstante el hecho de que siempre se ha elegido en nombre del amor. Lo real descarnado de este goce resurge también en la muerte sacrificial de la esclava Liú, enamorada de Calaf, que decide morir antes que revelar el nombre de su amado príncipe, de aquél que sólo una vez le ha sonreído. La posición femenina, ese lado en relación al falo, según las fórmulas de la sexuación (Lacan) y que entraña lo ilimitado del goce, es este "sin límites" de Liú, que busca darlo todo (la vida incluso) a cambio de nada, y que hace fulgurar la demanda de amor, así como se presenta, más allá de toda medida.

Lo último que escribió Puccini en su ópera antes de perder su propia vida, fue precisamente esta muerte-suicidio de Liú, considerándosele el final. Posteriormente se le agregó a la ópera un final (¿será triunfante?) del amor como resolución a la historia. Que al alba, habrá vencido.

III.- Nessun dorma
El amor, es una suplencia, uno de los nombres (¿no se trataba también de la revelación de un nombre al final de la ópera?) del gesto que mueve del adormilamiento del goce Uno a los caminos insaciables del deseo del Otro.

* Psicoanalista, miembro de la NEL Delegación México DF y de la AMP.
J.Lacan Seminarios VIII y X.
J.A.Miller Tercera conferencia: El amor sintomático, en El síntoma charlatán.
J.A.Miller Una fantasía.

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lunes, 30 de marzo de 2020

El lugar del psicoanalista en el acontecimiento traumático

Mucho se ha discutido sobre el lugar del psicoanalista en lo social. Versiones encontradas en relación a cuál es el lugar de un psicoanalista en los lugares no tradicionales de su labor, lo que sale del consultorio, del diván (Instituciones, grupos etc).
Creo que el lugar del psicoanalista, es el de aplicar la teoría, allí donde las circunstancias lo requieran. Hacer aparecer la subjetividad y la respuesta singular del sujeto, ayudar a que cada uno invente su solución, que pueda apartarse de los "mandatos" aplastantes y de los empujes sociales para encontrar su lugar entre los otros y con los otros.
En el caso de lo traumático de esta pandemia actual y del aislamiento social, creo que los psicoanalistas con los medios al alcance: virtuales o personales (los que somos parte del personal sanitario), debemos estar a la altura de los hechos y poner todos los recursos de los que somos capaces para hacer aparecer el sujeto, para que se pongan en movimiento las invenciones singulares de cada uno en función de hacer con el trauma globalizado. Que cada uno encuentre en su historia, en sus identificaciones, en sus lazos, la forma de volver a andar el camino. Un camino tal vez diferente al del empuje renovado en un nuevo formato: el del entretenimiento constante, el del ver incesante o el de eludir a través del hacer o del consumo.
Creo que hay que dar tiempo a las demandas, no todo es traumático para cada uno, no al mismo tiempo y no de la misma manera. Creo también que se trata de acompañar, de ayudar a bordear y de estar atentos a lo que surja de este nuevo orden mundial en las subjetividades, del que seguramente tanto tendremos que aprender en sus consecuencias.

jueves, 12 de diciembre de 2019

Niños Violentos




Intervención de clausura de la 4ta Jornada del Instituto del Niño
Por Jacques-Alain Miller
18 de marzo del 2017

Niños violentos es el título que escogí en diálogo con Daniel Roy para la próxima jornada del Instituto Psicoanalítico del Niño. Las dos palabras están escritas en plural, el niño violento no es un ideal-tipo. D. Roy me pidió abrir algunas pistas de trabajo para la preparación de esta jornada en el Instituto; le devolví este honor y el me proporcionó una lista de temas que va a merecer ser publicada.
El síntoma, en la encrucijada
Mi primer pensamiento fue de preguntarme si la violencia en el niño era un síntoma. A menudo es mi método -partir de la primera idea que me vino a la cabeza, sin juzgar si ella es buena o mala. Es un principio que puede autorizarse por el psicoanálisis. Dado que se trata de abrir un trabajo, desarrollaré mi hilo de pensamiento a partir de ese punto de partida. Si presentase delante de ustedes un trabajo terminado antes que pistas de trabajo, al final de mi exposición comenzaría la elaboración de un trabajo finalizado. Como método, pienso en esa frase del General De Gaule en sus Memorias: “Hacia el Oriente complicado, volaba con ideas simples”. Soy, yo también, partidario de volar con ideas simples. Lacan lo permite pues, cuando se aborda un tema a partir de su enseñanza, se aplica a menudo enseguida la repartición entre real, simbólico e imaginario. El solo hecho de aplicar esa grilla sobre una cuestión les da generalmente un punto de partida. Cuando una pregunta es complicada, soy de partir de ideas simples; cuando una pregunta es simple, estoy para complicarlas -complicándolas, se produce un cierto efecto caótico de donde pueden surgir ideas.
Mi punto de partida fue entonces preguntarme si la violencia en el niño era un síntoma, y por qué. Ya que dicho síntoma en Psicoanálisis se llama desplazamiento de la pulsión, o en términos freudianos, sustitución de una satisfacción de la pulsión -lo que, en lacaniano, puede traducirse por goce. Además, ¿la violencia no se produce justamente cuando no hay ese desplazamiento, esa sustitución, ese Ersatz, como se expresaba Freud? He ahí la pregunta que me hice: ¿la emergencia de la violencia no es el testimonio que no hay una sustitución de goce?
En esa perspectiva, quise asegurarme de la definición freudiana del síntoma. Para encontrar los lugares donde Freud habla del síntoma, tuve la debilidad de tomar el Vocabulario del psicoanálisis y, con gran estupefacción, me di cuenta -les cuento mi pequeño viaje- que no hay una entrada “síntoma” en el Vocabulario… de Laplanche y Pontalis, al menos en la edición que dispongo y que debe ser la primera. A falta de la ayuda de Laplanche-Pontalis, tuve que dirigirme directamente a Freud y, para simplificar, a Inhibición, síntoma y angustia que me gusta bastante sobre “Los modos de formación de los síntomas” -Lacan lo sigue con mucha exactitud en su texto La dirección de la cura y los principios de su poder. En el capítulo II de Inhibición, síntoma y angustia, Freud define el síntoma como Anzeichen und Ersatz, es decir, “signo y sustituto”, einer Triebberfriedigung, “una satisfacción de la pulsión”. Freud añade un adjetivo, unterbliebenen, que se encuentra en el diccionario Harrap´s francés-alemán -reconocemos ahí el prefijo unter, que significa “abajo” o “por debajo”, pero que implica también otro sentido, notablemente “lo que no tuvo lugar, lo que no se reproduce más”. En su excelente traducción de Inhibición, síntoma y angustia, Michel Tort traduce esa frase por “el síntoma sería el signo y el sustituto de una satisfacción pulsional que no tuvo lugar”[1]. Si tuviera que haberla traducido, habría dado un pequeño acento heideggeriano al adjetivo diciendo “una satisfacción no advenida”.
El goce rechazado
El síntoma se define aquí como el Ersatz, diría, de un goce rehusado. Emplearía ese adjetivo porque tengo en la cabeza la frase de Lacan sobre la cual se termina Subversión del sujeto…, poco después que Lacan haya hablado del “narcicismo supremo de la Causa perdida”. La última frase es la siguiente: “La castración quiere decir que el goce es rechazado, para que pueda ser alcanzado en la escala invertida de la Ley del deseo”[2]. Esa definición de la castración merecería figurar en un Vocabulario lacaniano. La castración no es aquí definida a partir del falo, está definida directamente a partir del goce, es decir a partir de la pulsión. Está definida a partir de lo que Lacan designa muy precisamente como rechazo del goce, lo que introduce una referencia a la iniciativa del sujeto, en el cuadro de una elección -se acepta o se rechaza.
Me viene a la cabeza una imagen icónica de Hércules en la encrucijada, debiendo escoger, en la fábula de Prodicos de Ceos, entre el camino del vicio y el camino de la virtud. Es un paradigma barroco al cual Erwin Panofsky consagró un estudio, un pequeño libro[3]. Es Hércules, si puedo decirlo, después de la infancia, en el umbral de la edad adulta, situado delante de la elección de la virtud, camino arduo que pasa por el trabajo, o de la voluptuosidad. Esta historia conoció varias representaciones, en el final del siglo XIV y el siglo XV. Consulté entonces en Google indicando simplemente “Hércules en la encrucijada” y encontré un artículo muy interesante que ustedes encontrarán si lo desean[4].
Así, castración = rechazo del goce, en lo siguiente el goce no tendrá lugar. Lacan introduce un razonamiento marcado de la dialéctica, el goce debe ser rechazado para ser alcanzado. El goce no debe tener lugar para advenir. Se creería que es una artimaña del goce como Hegel habla de artimaña de la razón. Se trata del hecho que la castración es un desplazamiento del goce, que el goce debe ser rechazado sobre un cierto plano para ser alcanzado en el nivel de la ley. Debe ser rechazado en lo real para ser alcanzado bajo la égida de lo simbólico. Es lo que Lacan llama la ley del deseo, es precisamente ese rechazo del goce en lo real, el pasaje del goce hacia debajo. Es lo que la metáfora paterna repercute, que es la traducción en términos edipianos del proceso de la represión, y que puede ser generalizado si se pone que el operador esencial de la represión es el lenguaje mismo, la palabra, que opera ese pasaje hacia debajo del goce, en el sentido donde bloquea su advenimiento.
El precio que pagar de este proceso, el resultado del proceso de represión, como se expresa Freud, es precisamente el síntoma. El precio a pagar de la represión es la formación del síntoma como signo y sustituto de un goce no advenido. Dicho de otra manera, la legalización del goce se paga con la sintomatización. El ser humano como parlêtre está destinado a ser sintomático.
De este hecho, el goce es siempre un goce desplazado, como se habla de personas desplazadas -el goce no en el mismo lugar, no en su lugar original, totalmente exiliado. No es sin relación a nuestra actualidad. Digamos solamente que los migrantes vienen a buscar en Occidente lo que para ellos es otro goce- se espera a cientos de millones de personas a lo largo del siglo XXI, ese será un fenómeno a la vez masivo y esencial en la restructuración de nuestras sociedades. De ese modo, esas grandes migraciones son un síntoma del malestar en la cultura en el mundo civilizado, tanto en su civilización como en la nuestra. Dejo de lado esto en el marco de esta exposición. Me contento con decir que es el fondo sobre el cual aprecio las frases de Lacan citadas muy recientemente por Antonio di Ciaccia, quien termina su artículo escribiendo: “Si queremos recurrir a una brújula, recordemos con el escrito “Joyce el Síntoma” de Lacan, que “la historia no es nada más que una fuga, de la cual no se cuentan sino los éxodos” y que “no participan en la historia sino los deportados.”[5]”. Se trata del éxodo del goce, del goce que fue deportado.
Diez puntos sobre la violencia en el niño
Una vez fijadas estas ideas simples, propondré algunos puntos que conciernen la violencia en el niño.
  1. Primer punto, punto de partida que pondré en cuestionamiento en lo que sigue, la violencia en el niño no es un síntoma.
  2. Es lo contrario de un síntoma.
  3. No es el resultado de la represión, sino más bien la marca de que la represión no operó.
  4. Hagamos un paso más preguntándonos ¿de qué pulsión la violencia, y especialmente la violencia en el niño, sería la satisfacción? Probaré esta respuesta –la violencia no es el sustituto de la pulsión, ella es la pulsión. No es el sustituto de una satisfacción pulsional.
La violencia es la satisfacción de la pulsión de muerte. Remarquemos en efecto que el adversario de Eros, en el mito al que Freud se refiere, el adversario del amor no es el odio, es la muerte, Tánatos. Hay que diferenciar la violencia y el odio. El odio está del mismo lado que el amor. El dio como el amor están del costado de Eros. Es la razón por la cual Lacan justifica hablar de odionamoración, vocablo afortunado. El amor como el odio son modos de expresión afectiva de Eros.
  1. El odio está del costado de Eros, en efecto es un lazo al otro muy fuerte, es un lazo social eminente.
Leí recientemente en algún lugar un Llamado contra los partidarios del odio. Me dije que no soy un partidario del odio. A Marine Le Pen no la odio; de cierta manera, no la quiero tanto como para odiarla. En ese orden de ideas, soy más bien llevado a mofarme.
Al contrario, en la corriente en la que está tomada, una odionamoración hacia los judíos es muy legible. Se les da poderes fantásticos. El pueblo judío es objeto de una extraordinaria fascinación, antiguo pueblo que ha sobrevivido a la persecución gracias a su relación a la letra, al litoral de la letra. Es a la vez un objeto de fascinación y de repulsión, mientras que, por mi parte, no odiando a los fachos, estoy sin embargo llevado a una violencia según su óptica.
  1. La violencia está del costado de Tánatos. Para retomar el título de un libro célebre de La Boétie, el amigo de Montaigne, es el goce del Contr’un[6]. En Freud, clásicamente, Eros fabrica el Uno, pone en vínculo, mientras que Tánatos deshace los Unos, desliga, fragmenta, hasta diría que desarma a lo rompecabezas, para retomar una famosa frase de los Tontons flingueurs.
El niño violento, es aquel que rompe y que encuentra una satisfacción en el simple hecho de quebrar, de destruir. Habrá que interrogarse sobre el goce que está ahí implicado y sobre lo que se podría llamar “el puro deseo de destrucción”. Cuando se denuncia los camorristas, se denuncia a fin de cuentas el puro goce de romper. No se denuncia la política de los camorristas, se denuncia el plus-de-goce implicado en la violencia de los camorristas.
A propósito de eso -les doy mis asociaciones de ideas-, se le ha reprochado mucho a André Breton la frase en la cual, en el “Segundo manifiesto del surrealismo”, define el acto surrealista. Todas las almas bellas están ahí implicadas, siendo una de las primeras la de Albert Camus, quien le consagró algunos reproches. Por mi parte, me gusta mucho esa frase de A. Breton -en el contexto de hoy, no se la pueda confiar a todo el mundo. “El acto surrealista más simple consiste, con revólveres en puño, en descender en la calle y disparar al azar, lo que más se pueda en la multitud”. Después del Bataclan y de otros incidentes pasados, presentes y por venir, evidentemente, es problemático. Esa frase fue muy reprochada a A. Breton. ¡Imagínense un poco si dijera eso hoy!
Pero hay que decir la segunda frase: “Quien no ha tenido, al menos una vez, ganas de terminar la especie con el pequeño sistema de envilecimiento y de cretinización en vigor en su lugar tan marcado en la multitud, vientre en alto de cañón”. La segunda frase hace comprender la primera. Hace comprender que no se trata sino de un fantasma. Breton dice que hay que haber tenido ganas al menos una vez. No dice que hay que haberlo hecho. El acto surrealista, como lo dice, es el acto terrorista, pero por medio del semblante. El surrealismo no es un terrorismo. O es “el terror de las letras”, como se expresa Jean Paulhan. Es una postura literaria.
Los surrealistas han estado animados por el deseo de pasar en los inferiores de la civilización para rencontrar el mundo no alterado de la pulsión, para poner la escritura en el diapasón de la pulsión. Es un sueño, pues piensan alcanzarlo, no por el manejo de las armas, sino por un cierto uso del lenguaje, el cual es no obstante el resorte primero de la represión.
Leo que “revolver” está en plural y “puño” en singular en la fórmula “revólveres en puño”. Si se tratase verdaderamente de revólveres, habría que poner “puños” en plural, ya que no se puede tener dos revólveres en la misma mano. No he visto eso en ninguna película del Viejo Oeste. Revólveres en puño quiere decir esferos a la mano. En la representación cinematográfica común de los asesinos, el asesino de la mafia dispara fríamente, sin frase precisamente. Breton había tomado todas esas precauciones, ya que añadía en una nota que su “intención no era el recomendarlo”. No veo lo que habría que reprocharle. No hacía sino dar un eco sensacional a lo que André Gide había puesto en escena en Las cuevas del Vaticano -que, pensémoslo, son de 1914, antes de una gran masacre que no fue sino semblante -, a saber, que el acto gratuito es precisamente aquel de Lafcadio arrojándose del tren el pobre Amédée Fleurissoire. Los surrealistas estuvieron fascinados por ese pasaje del acto gratuito en Gide. No desarrollaré lo que Marguerite Bonnet (a quien conocí en la mesa de Lacan), erudita en cuanto a Breton, señaló en esa época.
El acto gratuito, es decir el acto gratuito de la violencia, fascinaba, porque Gide hacía de él precisamente un asesinato irracional, que presentaba como colmo de la libertad porque estaba suelto de cualquier causa. Si lo imaginamos, es una versión de la causa perdida. Se trata en ese imaginario de un acto sin razón que se opone al principio de razón de Leibnitz que quiere que nada no sea sin razón. Es a lo que Angelus Silesius respondió por adelantado en su famoso verso, comentado por Heidegger y citado por Lacan –La rosa es sin por qué.
Tratándose de los niños violentos, no hipnotizarse sobre la causa. Hay una violencia sin porqué que es su propia razón para ella misma. Es solamente en un segundo tiempo que se buscará un determinismo, la causa, el plus-de-goce que es la causa del deseo de destruir, de la activación de ese deseo. Como le decía, se la encuentra por regla general en una falla del proceso de represión o, en términos edipianos, en un fracaso de la metáfora paterna.
  1. Tratemos de introducir una pragmática del abordaje de los niños violentos en nuestro campo. Puede que la violencia del niño anuncie, exprese una psicosis en formación. A mi modo de ver, hay que interrogarse sobre los puntos siguientes: a)¿La violencia en el niño es una violencia sin frase? ¿Es la pura irrupción de la pulsión de muerte, un goce en lo real? b) ¿El paciente puede ponerla en palabras? ¿Es un puro goce en lo real o bien está simbolizado o es simbolizable? c) Que sea un puro goce en lo real no señala necesariamente una psicosis. No constituye necesariamente una promesa de psicosis. Traduce en todos los casos un desgarro en la trama simbólica en la cual se trata de saber si es puntiforme o extendida. d) Si se trata de una violencia que puede hablarse -hay algunas veces violencias parlanchinas-, que por saber qué dice. Se buscan entonces lo que llamaré una traza de la paranoia precoz.
Un colega vino ayer a exponerme en control el caso de un joven adulto a propósito del cual se preguntaba “¿psicosis o no?”. Hablando, encontramos en su historia el hilo de una posición de aislamiento, de un sentimiento de estar aparte con el esbozo de un “ellos hablan” –ellos: sus compañeros, los otros alumnos-, “ellos hablan mal de mí”, es decir un ligero y más bien muy ligero afecto de difamación. Nada más que eso, que era muy sostenido, pues la colega no me lo había señalado al comienzo, constituía ya un empuje-a-la-mujer infantil. De adulto joven, lo encontramos locamente enamorado de un antiguo camarada de clase, al punto que la colega me hablaba de erotomanía, pero no en el sentido de de Clérambault, ya que era él que amaba a ese chico.
En el encuadre de nuestra búsqueda sobre los niños violentos, buscamos las trazas discretas de paranoia precoz, no olvidando que el sujeto aparece, que el niño nace bajo la égida de la paranoia. Como lo indica Lacan en “Posición del inconsciente”, el sujeto, “eso habla de él, y es ahí que se lo aprehende.[7]” La “Observación sobre el reporte de Daniel Lagache…”[8] conlleva también un pasaje importante sobre la determinación del sujeto por el discurso que le es anterior. Antes que aparezca, eso habla de él.
Por un lado, se puede utilizar la visión determinista del niño. Hay la causa de la violencia cuando, buscando clásicamente en la relación, el diálogo de los padres, el discurso del ambiente, uno se da cuenta que el niño puede estar asignado desde muy temprano al lugar del violento, del camorrista; el analista le permitirá entonces tomar distancia con el significante asignado por el Otro. Por otro lado, el sujeto debe ser considerado como lugar de indeterminación; nos preguntamos entonces “¿Qué elección hizo? ¿Qué orientación tomó?”; ahí, la respuesta no es deducible, la causalidad no puede ser señalada. Eso no se aborda sino retroactivamente, de ahí la necesidad de ser muy minucioso en la lista de propósitos de ese niño.
La violencia que habla puede ser de orden paranoico como puede ser de orden histérico. Se dirá que es de orden histérico cuando tenga valor de demanda de amor o de queja por la falta-en-ser, es decir cuando se sitúe en el registro de Eros. En el registro de Eros, la violencia del niño es el sustituto de la satisfacción no-advenida de la demanda de amor. Ahí, en efecto, la violencia es un síntoma, y, se puede decir, un mensaje invertido -lo que corrige el carácter absoluto de lo que había presentado en el punto 1.
  1. En lo que concierne propiamente la represión de la Triebbefriedigung, tomando en cuenta al Freud posterior a Inhibición, síntoma y angustia, se debe también interrogar sobre la defensa en el lugar de la pulsión, una defensa que se inscribe más acá del nivel de la represión. Hay que distinguir cuando la violencia vuelve a salir por un fracaso del proceso de represión o una falla en el establecimiento de la defensa. Evidentemente, se la espera más fácilmente en el primer caso que en el segundo. Aún si la violencia en el niño es de orden psicótico, se puede intentar implantarle un significante de autoridad, un Ersatz que haga oficio se significante-amo. Eso puede encontrarse a veces cuando se trata de un niño criado por una pareja de mujeres. Una de ellas toma en general la función, el valor, de S1. Eso puede encontrarse en los matrimonios de lesbianas contemporáneas, pero también cuando un niño es criado por su madre y su abuela, como es el caso de un hombre de política distinguido que habla de ello de buen grado y que parece haberse desarrollado normalmente, aun si tiene una relación difícil con la difamación.
  2. Hemos evocado el pasaje de la violencia del real a lo simbólico, no olvidemos lo imaginario. Para acercarse a los dos primeros registros, hay que distinguir la violencia como emergencia de una potencia en lo real y la violencia simbólica inherente al significante que cabe en la imposición de un significante-amo. Cuando esa imposición de un significante-amo falta, el sujeto puede encontrar un Ersatz marcándose él mismo -escarificación, tatuaje, piercing, diferentes maneras de cortarse, de torturarse, de hacer violencia a su cuerpo.
Hoy, está tan generalizado que eso está en la moda, es un fenómeno de civilización, es superficial, pero diría que es el síntoma de la perturbación que conoce el orden simbólico heredado de la tradición. Esos síntomas vuelven a resurgen a lo que, delante del público que forman, llamaré en esta circunstancia “la psicosis civilizacional normal”, es decir compensada, con suplencia.
Dicho esto, queda saber por qué ciertos sujetos son más sensibles que otros al punto de tener que ejercer una violencia a sus cuerpos. Por ejemplo, hoy los transgéneros, que se manifiestan a menudo muy temprano en la infancia, han obtenido un reconocimiento social y jurídico que era antaño rechazado aun a los homosexuales. No impide que toda modificación deseada del cuerpo propio por un acto quirúrgico justifique una visión analítica. Se me dirá –En fin, bueno…los implantes capilares, la cirugía dentaria, la cirugía estética, ¿no irá a poner al psicoanálisis a ese nivel? Hay que ver…Se sabe que en efecto hay actos de cirugía estética que resurgen a la corrección neurótica de la imagen del cuerpo, pero que otros están claramente inspirados por la psicosis.
  1. En lo que concierne a la violencia en lo imaginario -no lo desarrollaré-, nos referiremos al estadio del espejo, que es una forma sincrética entre la observación de un hecho clínico por un psicólogo, el profesar Henri Wallon, y la dialéctica del amo y del esclavo en Hegel, puesta en relieve por Alexandre Kojève, dicho de otra manera, es un bricolaje genial de Lacan entre Wallon y Kojève. Ese bricolaje, se constata que anda, que funciona…Es una idea simple que pondremos en juego en nuestras investigaciones sobre los niños violentos. He ahí lo que me inspiran los primeros puntos que señaló D. Roy: cuando el otro eres tú y tú eres el otro (transitivismo); cuando el otro es un intruso y roba el objeto más precioso (el término lacaniano de celogoce[9]que fusiona celos y goce). Les dejo la tarea de releer el artículo de Lacan sobre “El estadio del espejo…” y aquel sobre “La agresividad en psicoanálisis”. Se trata evidentemente de un registro muy diferente cuando, como lo dice D. Roy, el niño se golpea la cabeza contra los muros…del lenguaje, ya que el fenómeno traduce entonces el fracaso del proceso de defensa.
Concluyo. Dejo en blanco la violencia en el niño considerado como un sinthoma, en el otro cabo de la enseñanza de Lacan. Recordaré simplemente que hay que hacer su lugar a una violencia infantil como modo de gozar, aun cuando es un mensaje, lo que quiere decir no entrar en él de frente. Jamás olvidar que no pertenece a un analista ser el guardián de la realidad social, que tiene el poder reparar eventualmente una falla de lo simbólico o de reordenar una defensa, pero que, en los dos casos, su efecto propio no se produce sino lateralmente. El analista debe, a mi criterio, proceder con el niño violento de preferencia con dulzura, sin renunciar a maniobrar, si hay que decirlo, una contra-violencia simbólica.
No se aceptará a ojo cerrado la imposición del significante “violento” por la familia o la escuela. Ese puede ser solamente un factor secundario. No hagamos negligencia a que hay una revuelta del niño que puede ser sana y distinguirse de la violencia errática. Esa revuelta, estoy para acogerla, porque una de mis convicciones se resume en lo que el presidente Mao había expresado en estos términos: “Se tiene razón en rebelarse”[10].

*Traducido por Patricio Moreno Parra (Comentarios a pachuko84@hotmail.com)
[1] S. Freud. “Inhibición, síntoma y angustia”, in Obras completas, volumen XX. Buenos Aires : Amorrortu Ediciones, 2010.
[2] J. Lacan. “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, in Escritos, tomo II. México: Siglo XXI Editores, 2013.
[3] Cf. E. Panofsky. Hercule à la croisée des chemins. Et autres matériaux figuratifs de l’Antiquité dans l’art plus récent. París: Flammarion, 1999.
[4] M.-P. Harder. “Hercule à la croisée des chemins, figure exemplaire de la conscience baroque ?”, Silène, revue du Centre de recherches en littérature et poétique comparées de Paris Ouest-Nanterre-La Défense, 18 septembre 2008 (www.revue-silene.com).
[5] A. di Ciaccia. “Contre une dérive si funeste”, Lacan Quotidien, no 636, 20 de marzo del 2017.
[6] Cf. La Boétie É. de, De la servitude volontaire ou Contr’un. París : Gallimard, 1993.
[7] J. Lacan. “Posición del inconsciente”, in Escritos, tomo II. México: Siglo XXI Editores, 2013.
[8] J. Lacan. “Observación sobre el informe de Daniel Lagache: Psicoanálisis y estructura de la personalidad”, in Escritos, tomo II. México: Siglo XXI Editores, 2013.
[9] Jalouissance: en francés neologismo formado a partir de jalousie (celos) jouissance (goce).
[10] Véase el artículo de J.-A. Miller. “Comment se révolter”, in La Cause freudienne, no 75, julio 2010, pp. 212-217.

lunes, 18 de noviembre de 2019

Las Psicosis ordinarias, de la mano de Miquel Bassols


Por: Ana María González Ochoa
Hablemos de las Psicosis ordinarias, un término acuñado por Jacques Alain Miller en los años 90, como una primera aproximación a lo que posteriormente el psicoanálisis lacaniano habrá de reconocer como una nueva perspectiva clínica, en la concepción y el abordaje del sujeto contemporáneo y de su época.
La clínica clásica, también llamada estructural, que es fundamentalmente una clínica diferencial entre Neurosis y Psicosis, se desprende de los primeros capítulos del texto de Lacan, De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis, de 1958. Allí Lacan hace una formalización lógica de lo que en Freud es el Edipo, en términos de metáfora. Es esta la famosa Metáfora Paterna que funciona por la sustitución del término Deseo de la Madre, por el significante Nombre del Padre. Es así como el enigma sobre el deseo de la madre, es metabolizado por la Función Paterna, y da como resultado una significación, un sentido.
Esta sustitución del Deseo de la Madre por el Nombre del Padre, permite la producción de la Significación fálica, significación con la cual el sujeto se orienta en el mundo, ya que le servirá como brújula frente al Deseo del Otro.
La Metáfora paterna y la Significación fálica son los dos pilares que durante algún tiempo se interrogarán para distinguir entre Neurosis y Psicosis.
El sujeto de la Neurosis se asienta sobre la estructura edípica y se sostiene sobre la inscripción del Nombre del Padre, se convierte en un creyente en el Padre y esta creencia será su religión.
Para referenciar lo que sucede en la Psicosis se tomará el término freudiano Verwerfung, que se traduce Forclusión, y que no se refiere a que algo haya sido reprimido, borrado, ni tampoco desplazado, como sucede en la Neurosis. Sino que apunta a señalar que algo no ha quedado inscripto de ninguna manera en el lugar del Otro. En la Psicosis, se trataría entonces, de la forclusión del Nombre del Padre, de la no-inscripción del significante Nombre del Padre, en el inconsciente.
Por otra parte desde esta perspectiva, el desencadenamiento en la Psicosis, ejemplificado a través del caso Schreber trabajado por Freud; se explica como un momento en la vida del sujeto, en el que se debe disponer del significante Nombre del Padre para ordenar la relación con el Otro, pero a falta de ese significante, dice Lacan, responde un agujero.
En palabras de Bassols, en su ponencia de Febrero de 2018, de cara al 11avo congreso de la AMP en Barcelona, se abre un agujero en lo simbólico que deberá ser restituido en lo imaginario… y el delirio… viene entonces como un intento de estabilizar la estructura, intento que los analistas deberemos saber acompañar.
Toda esta formalización produjo una clínica sólida, pero finalmente resultó insuficiente para dar cuenta de la presencia, cada vez más común, de una serie de fenómenos que no podían explicarse partiendo de ella.
Estos fenómenos discretos, como los llama Miquel Bassols, se presentan en la experiencia como:
. Una prevalencia de identificaciones en el plano imaginario.
. Una relación imaginaria con el cuerpo, que sigue a los desajustes tanto de la imagen del cuerpo como de su experiencia.
. Inflexiones sutiles del discurso, que quedan fuera de sentido.
. Fenómenos velados de alusión.
. Pequeñas suplencias.
y los llama discretos, porque no tienen nada de extraordinarios. Son tan comunes que cualquiera podría haberlos experimentado, por lo que apunta que solo en y bajo transferencia podrían revelarse como pertenecientes a la clínica de la psicosis.
El término Psicosis ordinarias de Jacques Alain Miller, que responde a la aparición de estos fenómenos discretos, implicará entonces a una nueva clínica que más allá del Edipo freudiano, pluraliza los Nombres del Padre, afirmando que no se trata de que el Nombre del Padre ordene la estructura, sino de diversos significantes que pueden venir a cumplir esta función. Que no es, ó Neurosis ó Psicosis. Que no hay una frontera que delimite a estos dos territorios excluidos el uno del otro, donde de un lado operó la Función Paterna y del otro, no operó. Sino que se trata más bien, de una clínica continuista, donde más que frontera, encontramos un litoral que se ensancha y se convierte en un dominio. Donde el Nombre del Padre ya no es un nombre propio, sino que funciona más como un predicado lógico, donde ” X” tiene la propiedad del Nombre del Padre y diferentes soluciones pueden funcionar como él.
La pluralización de los Nombres del Padre implica que el propio Nombre del Padre, él mismo está en el lugar de una suplencia y que la metáfora delirante (el delirio), no es una suplencia del Nombre del Padre, sino que la Metáfora paterna, es ella misma una suplencia entre otras.
Esto nos lleva claramente a una clínica de la singularidad, del caso por caso, donde lo importante es lo que tiene de incomparable cada uno. No se trata más de clasificaciones que agrupan los casos que tienen algo en común, sino de lo que no es común en cada uno de ellos.
Pasamos de considerar a la Psicosis como un desarreglo fundamental, una no-inscripción en lo simbólico de los significantes estructurales; a la noción de la forclusión generalizada, de lo no-inscripto para todo hombre, que una metáfora, siempre única y en algún sentido delirante, intentará suplir para construir un tipo de realidad que oriente más o menos, mejor o peor, a cada sujeto en su singularidad.
La noción de Psicosis ordinarias, recoge también la posición del analista en la transferencia, que estará sostenida siempre por su distancia del delirio del paciente, pero también por su distancia de la realidad, no menos delirante, a la que se ha alienado el propio analista. Y lo alerta, como dice Lacan en su post-scriptum en el texto De una cuestión preliminar… de “creerse en posesión de una idea adecuada de la realidad, ante la cual, su paciente se mostraría desigual”.(pág. 261, Escritos 2, en castellano)
Finalmente este término, nos pone frente a las consideraciones de Lacan sobre la subjetividad delirante del mundo contemporáneo, donde la forclusión generalizada, ya no del sujeto particular, sino de la civilización como sujeto, ha operado inscribiéndose en los ideales de la época y se ha manifestado:
. En la política, que ante la caída estrepitosa de la autoridad, recurre a la legalidad como única garantía.
. En la ciencia determinista, que forcluye al sujeto y su capacidad inherente de elegir.
. Y en la religión, con su empuje delirante a la creencia en el significante del Uno solo.
Nos encontramos en este marco, con la normalidad de las Psicosis ordinarias, que compatibles con este orden social y apoyadas en estos ideales estabilizantes de la forclusión, aparecen como no desencadenadas, ni desencadenables.
El recorrido que Miquel Bassols hace en su ponencia del 16 de febrero de este año 2018, hacia el 11avo congreso de la AMP “Las psicosis ordinarias y las otras, bajo transferencia”, es extenso y minucioso en su transitar por esta dimensión y no solo nos proporciona una mirada panorámica del desplazamiento que la experiencia analítica, opera sobre la formalización de sus conceptos, siempre abiertos. También resulta sumamente esclarecedor al explicarnos esta nueva forma de normalidad del sujeto contemporáneo.
Los invito a escucharla en el blog de la AMP…
Referencias Bibliográficas
    Bassols, Miquel “Las psicosis ordinarias y las otras, bajo transferencia”, 16 de febrero del 2018. Apertura del XI Congreso de la AMP.
    Lacan, J., “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis” (1957–1958), en Escritos 2, Siglo XXI editores, Bs. As., 1989.
    Miller, J.-A. “Efecto retorno sobre la psicosis ordinaria”, en Freudiana nº 58, 2010.
Arte: Hollie Chastain

“El atravesamiento del fantasma a partir de la ultimísima enseñanza de Lacan”

  Florencia Borgoglio Introducción   Las dos teorías del Pase en Lacan, muestran el cambio en la teorización en relación del lugar...